Nada es más terrible que el no saber a donde ir ni que hacer en lo subsecuente. Mi amiga Katia, la Katia de todos, la Katyusha, se había enamorado. Enamorada estaba sin que pudieran corresponderle.
Y, ¿qué iba a hacer?
Pues resignarte, le dije; pero no, ella no estaba dispuesta por ningún medio a consentir en tal cosa. Tendría entonces que ir y decirle, y después salir corriendo hasta que el mundo, como si tuviese manos o más bien tenazas la apretujara lentamente y de sus ojos salieran chispas semejantes a eso que llaman lágrimas.
Y, ¿le dijo?
¡Claro que le dijo!
¿Que qué le dijo?, a eso no lo sé. Yo sólo sé de cuando estoy con ella y hablamos, lo demás son cuentos, escritos todos en una hoja deleznable, en dos páginas que muy poco dicen. Dicen poco, pues, las palabras, aún las que se pronuncian, con peor razón las que se escriben.
Y qué torpezas son estas, no existe pues eso de "con peor razón". Peores razones tenemos todos siempre para hacer lo que, en ocasiones, y cuando a este se le enloquece la brújula, y con este me refiero por supuesto al corazón, dicta.
Y, ¿qué le respondió? Nada. Se quedó callado, bajó la mirada, la ignoró por unos instantes, y sonrió, y luego finalmente le dijo que no, que el asunto era irresoluble. Bueno, eso si confío en que ella, la Katia, dice la verdad.
Todos trompicamos, lo difícil es levantarse, y la Katia, trompicó de amor. No hay manera de objetar lo que por derecho no es ni será de uno.
Y con el "hubiera" mejor es no decir nada, de eso se podría hacer un mundo a la inversa, y eso como que no cuadra, o más bien sí, pero no por estos lares.
Mientras vivimos, Katia, le dije; mientras vivimos así es la cosa, dura muy poco, se disfrúta menos y no termina nunca de ser lo que uno quisiera que fuera.
Afuera, dice la gente, pero la gente no sabe nada, pues todo lo que pasa, pasa adentro. ¿Cómo confiar entonces de lo que se dice, peor aún de lo que se escribe, con peor razón.
Y Katia lloró, esas si que eran lágrimas; y las lágrimas corren y aunque por lo general no dejan mancha, lo hacen a uno enmudecer.
Pues es como todo, le dije; pero ya no me supo responder más. En eso se nos va la vida.
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