1. Pensar es el ejercicio más
ingrato de todos. Para empezar, uno enfoca sus pensamientos en aspectos
concretos, las cuestiones aparentemente más simples que van desde respirar,
hasta comer, dormir, en fin, todo lo fisiológico. Se piensa esencialmente sobre
todo lo que es necesario. Pensar en lo innecesario suena a necedad. Pero he
aquí el primer problema verdadero, no se piensa con claridad en todo lo que
resulta necesario. Cuando el hombre comenzó a tener un pensamiento complejo,
irónicamente su primer pensamiento no tuvo nada que ver con el sentido de la
existencia, esto era hasta cierto punto inimaginable, el hombre vivía por vivir
simple y llanamente. Cuando se dice que el hombre era primitivo, se desestiman
las largas penurias por las que tuvo que pasar para continuar, los infinitos
abusos a los que se vio sometido por la naturaleza a su alrededor, pero también
por sus congéneres.
He aquí el primer problema, la
cuestión de la voluntad que se interpone ante todo lo demás, no importando la
naturaleza ontológica de las cosas, porque entonces las cosas no son
simplemente cosas, están ahí a fuerza de voluntad y oportunidad.
Y he aquí el segundo problema
elemental sobre lo que es el hombre, que es precisamente enfrentarse a todo
aquello que es ajeno a su voluntad, y que lo lleva invariablemente a la anomia.
En pocas palabras, para vivir hay que ser abusivo y tener eso que llamamos
suerte. Se dice en este sentido que la suerte es una ley no comprobada.
Y he aquí el tercer elemento, eso
a lo que se llama destino. Habría que distinguir la suerte del destino, pues no
hay nada de suerte en aquello a lo que estamos destinados todos los seres
humanos, que es envejecer y morir.
No importa la edad, el género, el
llamado estilo de vida, todo está condicionado por estos tres aspectos en la
existencia. Lo que existe se sostiene por su naturaleza paradójica y no por ser
estático, eso que se conoce como impermanencia es el ritmo de la existencia
misma. He aquí la tragedia y la crueldad a la que está sometida la existencia
humana. No por nada el hombre está dispuesto a toda clase de riesgos que en
ocasiones no le provocan más que daño, es la incomprensibilidad total de estos
aspectos, o su entendimiento pleno, lo que nos conduce a la anomia, definida esta de manera sencilla como la falta de sentido.
Por lo demás todo lo que
conocemos está alterado por nuestra propia naturaleza fisiológica. Nuestro
cerebro ve en determinadas dosis lo que quiere, pero en mayor medida lo que
puede. De esto se escuda mucho del misticismo, asume lo que los sentidos no
pueden percibir. Al final no es más que un ejercicio de imaginación. No busco
desestimar la imaginación, pero no puede concebirse la imaginación sino como un
reflejo de todo lo que no es enteramente posible en la realidad perceptible.
Todo lo que este fuera de este contexto simplemente no es.
Al hombre no lo domina otra
lógica, o la realidad provee a su vida de todos los aspectos de lo que
entendemos como plenitud, o hay que construirse un mundo aparte, que se haga de
la deconstrucción del existente, que nos muestre un panorama de aquello que sí
nos haría sentido, de modo tal que haya un motor de la voluntad.
Hablar de un motor en estos
tiempos no es casualidad, ante su propia limitación el hombre inventa a la
máquina, con el único fin de ver si así, mediante una destrucción sistematizada
de lo que lo rodea, es posible alcanzar eso que tanto busca. ¿Y qué busca? La
solución a todos los problemas ha sido definida como felicidad. Pero la
felicidad como término es algo engañoso, pues ¿quién se atreve a definir lo que
es felicidad? De entre todas las cosas aquí dichas, es la primera que realmente
representa un conflicto. Hay una necesidad imperiosa de distinguir felicidad de
misticismo, y es que la felicidad no se imagina, la felicidad, como los
síntomas fisiológicos, simplemente es.
Hallamos entonces un primer
axioma: la felicidad es una eventualidad que se traduce por la plena
satisfacción de los sentidos. Pero tampoco hay soluciones sencillas respecto a
este punto. Para empezar, estamos hablando de algo que nos compete a todos los
seres humanos desde el principio del desarrollo del pensamiento complejo,
cuando nuestro cerebro pudo percibir la realidad de la misma manera en la que
la concebimos hoy día. Y he aquí algo que hemos pasado de largo, y es que para
alcanzar la felicidad, al menos por principio, no habría que pensar en ella, se
construye desde un nivel mínimo de reflexión, del saberse plenamente satisfecho.
¿Pero cómo estar plenamente satisfecho en una realidad que es opuesta a la
satisfacción plena de los sentidos? Bueno, eso se traduce precisamente en el
aspecto espacio-temporal de la felicidad, que no es otra cosa sino su
eventualidad.
Soy feliz, por lo tanto la
existencia tiene sentido. Claro, hasta aquí todo parece lógico. La historia de
la humanidad, sangrienta, virulenta, y miserable como ha sido, adquiere
significación por la búsqueda y eventual adquisición de los medios para
conquistar la felicidad. ¿Tan simple como eso? Claro, es tan simple como tocar
el clavecín, se debe poner el peso exacto en el momento exacto en cada tecla.
En realidad esto no tiene nada de
claro. ¿Por qué entonces apreciamos todo aquello que es capaz de sobrevivir en
condiciones extremas? He aquí la voluntad, nuevamente, que aprecia todo aquello
que está por encima de las circunstancias. ¿Es entonces la felicidad un momento
extremo? ¿Se puede ser feliz en la incomodidad de la existencia? Porque si es
así entonces ya no podemos hablar de que la felicidad consiste únicamente en la
satisfacción plena de los sentidos, sino que además requiere del aspecto
volitivo para que exista, es decir, si las eventualidades de la vida no
reportan aquello que por voluntad hemos buscado, entonces no hay felicidad. He
aquí la significación de todo sufrimiento. Ser feliz no consiste únicamente en
la satisfacción, sino en cómo se llega a esta.
Si no se llega a la satisfacción
de los sentidos por voluntad, se llega por suerte. Si no es el resultado del
esfuerzo, es sin duda la acción del azar entre los actos que presenciamos.
¿Puede ser la combinación de
ambas? Absolutamente, de hecho lo es la mayor parte del tiempo, la vida no
existe si no es por voluntad, y las mejores cosas no llegan sino por azar. Pero
sigue el problema de la muerte frente a nosotros, la satisfacción no puede ser
plena cuando es la muerte lo que nos rodea a cada paso, es el recordatorio de
que no importa lo buena o desdichada que sea la vida, hay que pagar un precio,
dar el paso más terrible, el más doloroso, el más siniestro, que es dejarse
caer en los brazos de la imposibilidad,
la imposibilidad de percibir, de levantarse y luchar, de sentir la adrenalina
que se requiere para seguir jugando.
Es por eso que lo lúdico se
volvió una significación ficticia pero eficaz de la existencia del hombre
moderno, que requiere de la magia de pensar que su destino está atado a aquello
que triunfa, porque así de seguro el también triunfará. Y cuando se pierde, que
es la mayor parte del tiempo, queda la oquedad, la insatisfacción generalizada
se lleva al nivel personal en muchas ocasiones, y se buscan culpables. Lo más
propio es culpar al destino. Y es que, si el único destino asequible es la
anomia, la inexistencia, es inevitable relacionar la pérdida con la fatalidad.
En otros tiempos perder ante el adversario no era solamente el sometimiento de
la voluntad, la confirmación del abandono de la diosa fortuna, sino era la entrega
de todas las armas a la muerte.
“La muerte voraz que se comerá
tanto”. Esta idea es la más
representativa de todas en la vida del ser humano. Siempre que algo se muere no
hay vuelta atrás. Morir representa ser defecado por la existencia, lo cual es
imperdonable. He aquí el problema, la existencia y la felicidad son de
naturaleza antagónica, la existencia es hasta donde se sabe perenne e
impermanente, mientras la felicidad es momentánea y aspira a ser eterna. No
puede haber dos aspectos más contradictorios, y no parece haber algo que los
conecte en el camino.
Al hombre le gustan las
soluciones complejas, las que lo acerquen a la seguridad del vientre materno.
Para eso está el sexo, y el hombre primitivo no pudo haber experimentado una
satisfacción plena de los sentidos sin este elemento, que es como la sal y la
pimienta en el banquete de la vida, sin este punto todo banquete está
incompleto. Por lo tanto, la felicidad es orgiástica.
La felicidad representa en suma y
hasta el momento una falta de respeto a la razón. No hay razón que alcance a
asir felicidad alguna. ¿Por qué pensamos entonces?, pensamos por necesidad,
pero la satisfacción y las necesidades al final no están del todo conectadas al
pensamiento, y sin embargo están atadas a este para su elaboración y ejecución.
Es mezquino creer que se piensa
por la precariedad e insuficiencia de la existencia cotidiana, pues el
pensamiento es más origen que solución de problemas, pero hemos hecho uso de él
porque sabemos que una realidad producida conduce a su vez a la posibilidad de
más emociones, y entonces el aspecto lúdico y volitivo de la vida encuentra más
salidas. Y esto es inevitable porque el hombre no solo necesita defecar,
también tiene que orinar, sudar, en fin, deshacerse de las toxinas del cuerpo
de todas las maneras posibles. ¿Por qué el placer llega a producir culpa?
Bueno, por la sencilla razón de que la existencia deshecha un sinfín de cosas a
costa del placer. ¿No produce placer defecar después de todo?
El placer, elemento vital de la
satisfacción, elemento a su vez de la felicidad, es lo más destructivo que
existe, de hecho es la causa fundamental de la existencia, es la alquimia de
todo, de la voluntad y del azar. La insatisfacción principal de la vida es que
no se puede defecar sin ser defecado, por eso es que el sexo resulto ser un
tabú, era la forma de evitar la destrucción de todo. Toda conducta depravada,
todo intento de torturar, matar, humillar, delinquir, está relacionado con esta
búsqueda de la satisfacción. La vida puede estar regida por la casualidad, pero
al historia no es producto del azar, cada suceso glorificado, mitificado, está
relacionado con lo orgiástico, con la destrucción. La humanidad ha pretendido
que sea esto lo que le de carácter perenne a su paso por la tierra, como si
llegar al máximo nivel de destrucción le permitiese fundirse de manera más
concreta con el resto de la existencia.
La vida de un salmón tiene más
coherencia que la de un ser humano si reducimos todo a este análisis. El salmón
nace, va río abajo, llega al mar, encuentra con quién aparearse, regresa a
donde nació río arriba pese a todas las dificultades que esto implica, se
reproduce y muere. Esta por supuesto la voluntad que se impone, que es la del
salmón que desova. Pero claro, algunos salmones son cazados por los osos, y no
cumplen con su cometido. He aquí la suerte, que cumple una función ya no sólo
como elemento vital de la injusticia que representa la existencia, sino que da
lugar a la existencia y supervivencia de algo más, un ser de dimensiones espacio-temporales
mayores: un oso. La muerte viene siendo entonces, haciendo una metáfora con lo
que como seres humanos comprendemos, el sistema digestivo de la existencia.
Todo lo que se defeca produce algo más, y esto a su vez algo más, y entonces
vemos una cadena interminable de sucesos.
El sentido amplio de la
existencia debiera consistir entonces en que la energía del universo permanezca
en constante movimiento, a fin de que todo pueda seguir siendo. Y sin embargo,
esta idea no puede crear sino inconformidad. Se requieren de dioses en el
cosmos para justificar semejante atrocidad, como un gran oso que nos regurgita
y nos deshace en sus ácidos estomacales pero nos requiere para que todo
continúe.
Pero cuando ya no quedan dioses,
y queda solo el hombre, el hombre por sí mismo se convierte en una cosa
insuficiente. Todas la deficiencias, carencias, toda la infelicidad del ser
humano se ve reflejada en esto. Mientras
el hombre ignora estos hechos, está dado a permitirse toda la torpeza de la que
es capaz. Pero una vez trascendida esta idea, toda la existencia queda desnuda,
y con ella su increíble fragilidad.
Lo más grande es lo que más se
resistirá a perecer, y en ese sentido el homo sapiens y sus ancestros homínidos
se ven rebasados por sus ancestros más torpes pero más vastos en tamaño como
fueron los dinosaurios. Entonces hace falta apropiarse de aquello cuyas
dimensiones son infinitas, y esa ilusión, dentro de las limitaciones de nuestro
cerebro y nuestros sentidos, sólo puede dárnosla la imaginación.
Una vez más, es la voluntad la
que viene a salvar el día en medio del infortunio de existir. La voluntad que
no se rinde, el motor de lo que es, de lo que fue y de lo que será. La voluntad
de imaginar a falta de poseer, de pertenecer en oposición del abandono, de la
vida eterna en oposición a la muerte. Si la existencia persiste, entonces todo
tiene sentido, aunque no podamos verlo. Si la felicidad o sus inimaginables
equivalentes siguen siendo posibles en algún lado, no hay necesidad de hacer
caso a la muerte.
Es imposible eliminar la cuestión
del amor de entre los elementos que constituyen la felicidad. ¿Se puede ser
feliz sin amor? La respuesta lógica sería que no, 1+0 no puede ser dos, sino
sigue siendo uno. Pero la existencia es única, la vida es única, cada segundo
que vivimos lo vivimos siendo uno sólo. Durante la existencia embrionaria somos
parásitos de nuestras madres, tumores benignos a extirpar en un periodo de
tiempo calculado. Existe la idea de que ahí somos dos, lo cual es hasta cierto punto cierto pero
esencialmente falso. Ningún individuo vive por otro la existencia embrionaria,
sino cada quién es dueño de su propia experiencia como embrión. Y he aquí un
hecho que nos pone en perspectiva como género humano más que cualquier otra
cosa: la existencia de los géneros. Se es hombre o se es mujer, no hay más.
Cierto es que existe el hermafroditismo, pero no es la regla bajo la que
funciona la especie, de serlo no seríamos homínidos sino crustáceos. Sólo la
mujer está en posibilidad de concebir. El hombre es hasta cierto punto inútil,
no deja de ser un parásito de lo que la mujer es capaz de hacer
fisiológicamente.
Por eso el hombre, no como
especie sino como género, ha buscado desesperadamente transformarlo todo. La
satisfacción plena de los sentidos la adquiere sólo regresando a lo que su
contraparte puede ofrecerle, pero para eso ha de destruirlo todo, violarlo
todo, transgredirlo todo. La mujer es un ser pleno, el hombre no, y es ella la
que en realidad ha de someterlo todo, es la diosa, la que pide tributo por
todo, no es casualidad que la fortuna sea vista como una diosa, el mundo se
construye más que por las acciones violentas de los hombres, es decir, el
tiempo, por el capricho de las mujeres, he aquí la fortuna. Tampoco es
casualidad el sometimiento del hombre hacia la mujer, todo es consecuencia una
vez más de la incomprensión o la comprensión plena de estos hechos. El puente
entre estos seres ha de ser el sexo, pero más que el sexo debe ser el amor, la
protección que el uno puede ofrecer al otro en medio de la destrucción perpetúa
que se ejerce paradójicamente entre ambos.
Que del mundo brote otro mundo es
lo que se busca. Cultivar es el desplazamiento de los mismos sentimientos que
produce el amor, pero hacia un espacio mucho más inmenso. El artista crea con
este mismo fin, dispuesto a que lo suyo se convierta en una sinfonía, el algo
que enlace la existencia ya no sólo como algo burdo, sino como el tejido sutil
y bello de las inclemencias de la vida. Que la música nos arrulle a todos como
si fuéramos los niños mimados de la existencia, sus amantes más caros, sus
hijos predilectos. Que el tiempo desaparezca, hay que matarlo, aniquilarlo
antes de que nos aniquile a nosotros.
Ninguna de estas ideas es nueva.
Se trata más bien de hacer una síntesis de lo aprendido. Son siglos de
humanidad reducidos a unas cuantas páginas. Tampoco esta idea es nueva. Todo
arte es un intento de esto mismo, toda filosofía es un intento de esto mismo,
es por eso que toda filosofía es y sólo puede ser un humanismo, pues todo lo
que hayamos de comprender se reduce a esto. Lo demás es innecesario, por lo
tanto necio.
El hombre sigue viviendo por
vivir simple y llanamente, sus gustos sofisticados siguen partiendo de la
premisa de la satisfacción, que está a merced de lo que desea y lo que le es
dado, y que siempre está en riesgo de desaparecer. Por lo tanto, la vida tiende
a ser dolorosa, injusta e insatisfactoria, pero aspira a ser placentera,
gratificante y feliz, y al final es lo que puede y no más.
2. A la ingratitud de pensar se
le suma la ingratitud de vivir. Habría que precisar en efecto si es la
ingratitud de vivir o la ingratitud de nacer, pues llegar al mundo implica un
cierto nivel de desorientación, pero vivir, según es posible observar, conlleva tanto gozo como dolor, es decir, la
ingratitud de vivir es parcial.
Cuando se tiene salud, la
voluntad conduce más fácilmente al individuo a sus objetivos. Entonces la vida
nos es grata según parece. Y luego se desata la tormenta de lo ingrato, es
decir, de todo aquello de lo que se nos va privando con el paso del tiempo,
hasta que nuestra vida se vuelve monótona, aprisionada por lo que ya no puede
ser, y por lo poco que queda. Así
avanzamos, hacia un único horizonte que desciende.
Pero como la fortuna misma es
incierta, este periodo de tiempo relativamente corto también lo es, lo ingrato
del vivir se sitúa por lo tanto en lo espacio-temporal. He aquí la necesidad de
coordenadas, de orientación. Por definición no puede haber reglas en la vida ya
que esta misma es incalculable e indefinible, inconmensurable sería un adjetivo
más preciso. Lo que si hay es coordenadas, al menos en el espacio terrestre, y
no sabemos hasta qué punto pero puede que también en el espacio exterior.
Lo que nos orienta es el
horizonte, por lo que cambiar de horizontalidad es desde luego una idealización
del cambio. Quien desee orientarse verticalmente en la tierra está
perdido. Pero ese es precisamente el
argumento que la humanidad viene arrastrando desde el principio de los tiempos,
la búsqueda de lo sublime en contraposición con lo mundano. Tendemos a pensar
metafóricamente que como es arriba es abajo, pero esto es un error, y es el
horizonte el que tiende a desmentir esta metáfora precisamente porque los
cambios de horizontalidad son en esencia irrelevantes, pero en los detalles y
para la percepción sensorial ciertamente variables tal vez en extremo. El
hombre se arrastra por el horizonte, y a veces tiende a saltar muy alto, pero
el arrastrarse hasta caer es la única realidad.
Sin embargo, la verticalidad,
pero además la profundidad es lo que nos permite movernos, es decir,
arrastrarnos con elegancia de horizonte en horizonte. He aquí lo que nos
permite más que ninguna otra cosa existir y coexistir: la dimensión.
Las dimensiones de un sinfín de
cosas son hasta cierto punto medibles, pero sólo porque existe una
interpretación convencional para ello. Y es precisamente el otro aspecto que
junto con la horizontalidad nos permite orientarnos, son las referencias. Todo
lo humano es referencial. Pero la vida no es una referencia, porque está claro
que esta está sometida al azar y la voluntad, lo mismo en conjunto que
contrapuestas. Y he aquí la contradicción a la que todo ser humano está
sometido a raíz del nacimiento. Previo a este el ser humano es uno con el
universo más que nunca, es la interpretación misma del universo, su centro.
Pero ya el sólo proceso de nacer es traumático y doloroso por sí mismo.
La vida no está sometida a nada,
pero ciertos aspectos en la vida individual de cada organismo lo están. Podemos
vivir en la tierra porque las condiciones están azarosamente dadas, y de la
misma manera pueden o podrían no estarlo. ¿Hay una voluntad detrás de todo?,
¿encontrar la raíz de dicha voluntad, en caso de existir, es en realidad
necesario?, ¿no es esta precisamente una necedad más del carácter humano para
tratar de interpretar una realidad que no es sino muy dura con él?
Lo cierto es que es una necedad,
porque nuestras referencias no alcanzan a medir la voluntad, mucho menos el
azar y ergo, la vida. Todo se explica en función de la vida, incluido el
destino que no es otro sino la muerte, pero este es el punto que hay que seguir
recalcando, la vida es inconmensurable, no hay una receta para ella, y aunque
la hubiera difícilmente está en sus orígenes, porque esta interpretación es el
equivalente a vivir únicamente de acuerdo a la verticalidad, que es sólo un
elemento de un conjunto más complejo, eso que llamamos realidad.
La necedad es hija de la
insuficiencia, cada filosofía es más que una interpretación una protesta del
hombre ante lo que las referencias no alcanzan a explicarle, pero sobre todo
ante lo que sus propias vivencias logran o no aportarle. No es filósofo aquel
que vive en el engaño de una felicidad referenciada, ni hace arte el que vive la
mayor parte del tiempo en un alto nivel de satisfacción inconsciente. Esto no
implica que no se pueda escribir sobre la satisfacción, que no se pueda crear
fuera de la protesta y desde la felicidad plena y absolutamente consciente, de
hecho es lo que más necesita el hombre en crisis, cuando se encuentra vacío,
desorientado y entre los remanentes rotos de las referencias mal dadas y los
recuerdos de los caminos sinuosos y fútiles.
He aquí el valor de la estética
por encima de la ética. La música tiene mayor sentido en el campo de la
percepción sensorial por que no niega la dimensión sino que la atrapa, la hace
suya, la viola gentilmente, la transgrede a placer, no es restrictiva como todo
lo visible y lo tangible, aunque posee limites en cuanto al alcance de las
ondas sonoras, en realidad es el único arte en expansión, porque interpreta más
fácilmente la espacio-temporalidad de la vida. Las artes en general tienden a
esta búsqueda, pero las partículas no fluyen a la manera en la que lo hacen las
ondas, la onda es creadora, la partícula constituyente.
Nacer es ingrato porque la vida a
la intemperie requiere del pensamiento, el ejercicio más ingrato de todos, para
desempeñar otros ejercicios de una manera un tanto menos laboriosa con el único
fin de establecerse en la complejidad de la realidad y así llegar al goce, la
satisfacción generalizada de los instintos, y eventualmente la felicidad. ¿La
felicidad se vive o se construye? La felicidad se vive, pero es la construcción
que realizamos a través de la realidad lo que nos permite alcanzar la felicidad
en el contexto que prevalece. La felicidad viene del interior, pero es la
retroalimentación de ambos universos, el interior y el exterior, distintos por
definición, la que hacen posible la felicidad. La única razón para la
existencia de tantos y tan distintos referentes es la felicidad. En efecto, el
sentido de la vida no reside en su causa primigenia, en el funcionamiento del
motor que impulsa a la voluntad, ni en el cálculo preciso de las
circunstancias, reside en la felicidad que es tan azarosa como voluntariosa, es
la esencia pura de la vida.
El interior del ser, en el caso
particular del ser humano, tiene que estar relacionado con la raíz de la vida,
pero no es la raíz ni está en posibilidad de comprender realmente la naturaleza
de esta aunque su vida provenga de la misma, porque se va a encontrar con que
todo proviene del ciclo infinito del azar y la voluntad y la existencia que
suprime todo a su paso para reservarse a sí misma. Si nuestra capacidad de
comprensión estuviera por encima de estas posibilidades, sería posible entonces
admitir que tiene sentido comprender la raíz de la existencia para llegar a la
felicidad, pero a lo único a lo que nos enfrentamos a través de este camino es a la imposibilidad
de comprenderlo todo.
La otra metodología que nos
conduciría a comprender la existencia desde su mecanismo más básico sería
desintegrarla pieza por pieza y analizar cada fragmento, que es en parte lo que
conlleva el pensar, pero para ello la única conclusión factible sería que al
final no hay nada, que todo está vacío, que aún la entropía debe entenderse más
que producto del calor, como algo que no se desarrolla en realidad sino en un
espacio vasto, y que este a su vez sí que es terriblemente inconmensurable de
vacío y ausencia de calor. Y entonces tendríamos las partes referenciadas de lo
que la existencia conlleva, pero aun así no alcanzaríamos a comprender el
origen de todas las cosas, y eso no
conduciría a la felicidad, sino al ostracismo, a la misantropía, a la
verticalidad del pensamiento sin mayores dimensiones que las del aire.
Esto no implica descartar a la
ciencia y sus esfuerzos por comprender los orígenes del universo, más allá de
si llega a existir la capacidad tecnológica para hacer tal cosa. De hecho, es
gracias a la metodología concreta de la ciencia que hemos llegado a la creación
y comprensión de muchos de los procesos aquí descritos, si bien se ha hecho
desde una visión mecanicista. Pero el mecanicismo no es gratuito, se ha
requerido de lógica e ingenio para la creación de la máquina como herramienta
de alta utilidad en la vida del ser humano. Sin embargo, sería errado pensar
que es mediante la ciencia que el ser
humano alcanza la significación, pues esto sería a su vez afirmar que no hay
significación posible en condiciones de escasez generalizada y crisis, lo cual
está comprobado que es una falacia porque de lo contrario la especie humana y
su voluntad habrían perecido.
Hay que distinguir entonces a la
felicidad ya no como el sentido de la existencia, sino como su significación,
su plenitud, la interpretación por la cual son válidos todos los caminos, todas
las búsquedas, todo intento fallido de conquista. ¿Son el amor y la felicidad
una misma cosa? Si, y no. Es sólo que son distintos los tipos de amor, y
distintas las felicidades. Pero en las postrimerías de los unos se encuentran
las otras sin duda alguna.
El abandono es un periodo de
aprendizaje, la soledad el periodo de pruebas de este aprendizaje, pero es el
encuentro de voluntades en lo que radica que las cosas existan, y por lo tanto
que la felicidad se vaya tejiendo, entrelazando como se entrelazan los hilos.
Son hilos de existencia las vidas de cada ser humano.
Para que la vida nos muestre sus
facetas de manera más clara, hay que aprender a degustar, y no es cosa
sencilla, ha conllevado siglo y vidas enteras la degustación de las cosas. Pero
la degustación es instantánea, es algo que apenas dura unos segundos, y que
después apenas y queda en el recuerdo, se va quedando dormido en los brazos de
esa misma soledad que conllevo a la búsqueda de esos sabores.
Vivir es azaroso, pero lo que se
va creando a través del vivir no es enteramente producto de la casualidad,
requiere años de imperioso esfuerzo. Se puede creer que un individuo es un
prodigio en algo, y en efecto, la percepción de cada individuo lo va haciendo
más o menos apto que los otros para ciertas labores. Pero no es imperativo que
alguien sea algo por simple capricho del azar, sería olvidarse de la voluntad
que prevalece también de entre el cúmulo de circunstancias y experiencias que
hacen del individuo lo que es. Pero he aquí lo que a juicio de nuestra
percepción es la injusticia y porque por definición la vida es injusta.
Un problema sustancial del papel
de la injustica en la vida es precisamente la idea de que nacer es un dolor que
la vida compensa. Si por principio nos es inculcado esto, y luego en oposición
nos encontramos con que nos es cierto, el juicio de las cosas tenderá a ser
netamente pesimista. Pesimismo no es igual a objetividad, pero se acercan
mucho.
El ideal del final feliz se cruza
en el camino. Es la seducción más siniestra, pues no sólo es una
malinterpretación de los términos, sino la perversión de los mismos. El final
de las cosas es por principio insatisfactorio, carente, por lo tanto no puede
haber un final y que este sea feliz, el final de la vida pone en perspectiva
esto más que ninguna otra cosa, pues es lo más amargo, es la bilis lo que se
desata al ser suprimido.
Lo que poseemos por lo tanto es
la imagen mental de lo que es la felicidad, un referente que se va desgastando
al verlo como un fin lejano. Pero no es un fin lejano, es un proceso que ocurre
a través de la eventualidad, volitiva y afortunada. Y lo que vemos como injusto
lo es pero no en la medida en lo que creemos, sólo es más o menos injusto,
porque eso sí, la muerte es la única que compensa en ese sentido. La justicia
no puede ser entonces como la comprensión del crimen y del castigo, un reino
donde nada se compensa en realidad, donde lo único que se aproxima es la
venganza, que el cerebro interpreta como placentera y hasta cercana a la
felicidad. La felicidad no es democrática, ni es justa, pero tampoco es
perpetua, no existe en términos formales el final feliz que se idealiza tanto en nuestros días.
Finalmente se encuentra lo
perdido, pero ya no del mismo modo en que fue. La vida queda como una anécdota,
y a veces ni siquiera como eso. La mayoría de las vidas y los pensamientos y
los sentimientos son eventualidades, y tienden a quedar en el olvido. He aquí una
vez más el desglose de las características particulares de cada cosa, es
invariablemente triste.
Es la injusticia lo que nos saca
de nuestras casillas, lo que nos paraliza o nos conmina a mirar a otro lado. Es
la voluntad tumbada por los juegos más crueles del azar. Es el fin de todas las
cosas, cuando por fin el individuo es incapaz de levantarse porque la voluntad
se ha agotado, es la anomia que invade cada fibra, cada rincón. Es el opuesto a
la felicidad, es todo lo que no se puede nombrar porque evocar su recuerdo sólo
causa dolor. ¿De veras la vida compensa el nacer?, ¿es justo salir herido?
Justo no, necesario, tal vez, pero hasta en ese sentido de veras ignoramos que
tanto vale la pena vivir. Cuando esto sucede quedan los vicios, que evocan a la
satisfacción, que evocan a la felicidad y también al perverso final feliz.
Al llegar a este punto no hay
marcha atrás, se ha comenzado un camino de tormentos, de lágrimas, de días
abúlicos, caóticos, de noches sin dormir, una búsqueda que raya en lo estúpido,
en lo insensato, en lo desgarrador. Y al final no queda nada, el calor de la
vida se extingue en el pecho. El mundo sigue igual pero no queda nada en él.
La voluntad se arrastra entre
todas estas trampas de la interpretación, precisamente porque el horizonte es
demasiado vasto. La jungla, el bosque, el desierto, son todos parte de los
horizontes, y con ellos se compactan también el día y la noche. Y, ¿en medio de
todo eso?, la existencia a perpetuidad, la muerte sin fin, la vida que corretea
cada chance, y todos los vientos del planeta. Se navega con referencia al
horizonte, pero también de acuerdo al viento. Si, la voluntad se arrastra, y al
arrastrarse no se sabe cuan herida y mermada puede salir, se hace un camino distinto
según se arrastre uno, y por lo tanto, no siempre satisfactorio.
El papel del odio se ha
desestimado, pero resulta ser una fuerza que alimenta a la voluntad en medio
del abandono. Es en este punto en el que todo es válido, pues si la existencia
destruye para permanecer, el hombre ha de hacer lo mismo. Pero el hombre, como
partícula de la existencia, deberá entender el papel de ese odio como algo
igualmente espacio-temporal, un medio para romper con la infelicidad, como el
amor lo es para llevarnos a la felicidad hasta tal vez también romper con ella.
Ciertamente es más cómodo vivir desde el odio, porque se lo puede encontrar a
ras de tierra, mientras la felicidad es en efecto más cercana a lo sublime,
pero también se puede estar en la cima del mundo y seguir odiando. El odio bien
puede ser como el agua que golpea con fuerza hasta que destapa lo que está
obstruido, pero hay que permitir que lo haga con toda su fuerza, ceder para que
lo logre, pues si no se cede el odio se estanca, se hace pequeño y nos deja
tirados donde de por sí estábamos, hasta morir en su fango. Que el odio haga el
trabajo sucio, pero que no nos deje en la suciedad, ese debiera ser
probablemente su objetivo y razón de ser. Pero si existe la felicidad como
trampa, el odio lo es más, no forzosamente porque sean de naturalezas opuestas,
sino porque a final de cuentas ambos son lugares peculiares de la existencia.
En conclusión a este respecto, el odio es una herramienta muy útil, que cada
individuo debe aprender a usar como medio para desahogar con la mayor
desenvoltura la inseguridad que lleva consigo caer en la vida, el manejo de las
emociones, el rechazo, la negación, la indignación, todo aquello que forma
parte de las crisis, pequeñas o grandes, en la vida del hombre.
La inseguridad que lleva consigo
muchísimas veces el vivir se aligera a través de las ilusiones. Esto es
riesgoso, pues implica que ante la falta de una solución tangible a las cosas que
más nos afectan, se nos hace necesario refugiarnos en lo inexistente, en lo que
la imaginación puede construir a través de las imágenes mentales de lo que la
voluntad se encuentra en incapacidad de resolver ser porque no es lo
suficientemente fuerte, o por circunstancias que no dejan opción alguna. Las
soluciones que ofrecen las ilusiones son por lo tanto en función no solo de lo
que se desea, sino en muchos casos de las necesidades más urgentes e
irrealizables. Por ejemplo, un individuo, atrapado entre escombros, que está a
punto de morir ante circunstancias inimaginablemente dolorosas, que otros
individuos han visto, que saben que está en agonía y no puede ser rescatado por
más que lo intenten, forzosamente requiere de la ilusión de que todo puede ser
salvado de alguna manera, aunque en términos de la realidad se sobreentienda
que todo está perdido en todos sentidos.
He aquí un tercer elemento, cruel
por su naturaleza condenatoria, la aceptación de la vida humana como un proceso
destinado más al dolor y la agonía que al gozo, en medio de inimaginables
tragedias que acontecen tan a menudo que contarlas todas sería motivo de anomia
para cada individuo que sea plenamente consciente. Y sin embargo, hay
individuos que viven en otros horizontes, a otras alturas, a los que les es
otorgado sin sentido alguno el privilegio de llenar de forma más concreta el
dolor que provoca el nacer, a quienes les llega la vida como una compensación
del dolor, más que como dolor en sí. He aquí el hecho más descriptivo de la
naturaleza de la vida.
3. El punto de quiebre entre ser
o no ser radica no sólo en comprender que la vida es invariablemente injusta en
lo que se refiere a la satisfacción de los sentidos, sino también en la belleza
que inspira otras tantas veces el mundo en oposición a aquello que no nos es
compensado. Por lo tanto, las ilusiones son válidas en cuanto provienen no solo
de la insatisfacción, sino también de la belleza intrínseca del mundo.
Podríamos entregar las armas de
nuestra voluntad y dejarnos caer suavemente en los brazos del destino, algo que
eventualmente tenemos que hacer sin duda. Pero entregar las armas cuando sólo
están perdidas una parte de las cosas que hacían bella a la vida de un
individuo, parece hasta cierto punto una injusticia del hombre para con los
placeres que en su momento le fueron otorgados, por pequeños que estos hayan
sido. Se nos presenta una nueva significación de la existencia, que ya no tiene
nada que ver con la felicidad, o al menos no con la felicidad de aquel que
satisface todos sus sentidos, sino la felicidad de aquel que significa todos
sus sin sentidos en medio de los pequeños placeres que también otorga la vida.
Una vez más, si hablamos de la felicidad como algo espacio-temporal, es posible
hablar de micro-felicidades. En medio de la miseria a veces hay gozo, en medio
de la injusticia a veces hay compensación. Esto no es ilusorio, pero se
requiere de una sensibilidad un tanto más sutil para llegar a este punto.
Y es que no se explica de otro
modo la subsistencia de las voluntades más pequeñas, las más desfavorecidas, o
las más mermadas por las inclemencias. Hay aún más crueldad en este análisis,
pues vemos como también en términos de voluntad hay carencias fuertes en la
existencia del hombre, que se justifican por la permanencia delo que existe.
Pero el hombre confunde las
voluntades pequeñas con las voluntades miserables y mezquinas. Una voluntad
miserable puede venir del individuo más desfavorecido de medios o del más
satisfecho en apariencia, y en caso de crisis generalizada y apocalíptica es
esta clase de individuo el que persistirá por los medios que vaya encontrando,
sin importar a quién deja tirado en el camino. Tampoco hay que confundir esta
voluntad con la de aquel que busca sobrevivir, pues en condiciones normales este
no es mezquino para con sus camaradas. Sin embargo, el individuo que se expresa
desde la mezquindad no es otro sino aquel que en el fondo siempre es carente y
decadente, cuya sensibilidad más que desarrollada esta atrofiada, pero cuyos
mecanismos de voluntad son eficientes en la medida en la que sabe utilizar a
las personas, es decir, percibir la potencia de las sensibilidades externas que
no son carentes como la suya.
Este pareciera un paréntesis un
tanto innecesario, pero no lo es, ya que es un ejemplo de cómo precisamente la
significación es el mecanismo más poderoso de la voluntad, y de como por tanto
el pensamiento puede jugar un papel fundamental en la felicidad del hombre ya
no como mecanismo de lo ilusorio o lo imaginado, sino como componente coherente
de ese todo que representa la felicidad, donde a su vez dentro de la
significación están implicados los sentimientos en conjunto con los
pensamientos, por lo que si los sentimientos no expresan un sincero y
respetuoso amor por los detalles sutiles y bellos de la existencia,
difícilmente podremos hablar de una voluntad con una potencialidad auténtica,
esta será pues sino una voluntad mezquina en esencia.
Antes del pensamiento complejo,
la vida era esto: un montón de sucesos sin sentido. Llegados a este, el
descubrimiento del ser ha sido la nueva tarea, necia y contradictoria, que nos
ha impuesto esta misma insensatez. Y he aquí el resultado de aquello que tanto
hemos buscado, que cada individuo comprenda su propia naturaleza, así como
aquella que lo rodea, y que en la medida de sus posibilidades construya su
propia felicidad a través de la significación de su historia personal.
Esta conclusión es desgarradora
por principio, ya que implica que la vivencia de la ingratitud, la injusticia,
pero también de la belleza y la fortaleza, representen en su conjunto motivo
para la felicidad, motivo para la continuación de la existencia. Esto implica
la aceptación de dos hechos: uno que hay que intentar vivir lo más que se pueda
y con la mayor intencionalidad posible, y dos que en ese intento se va a salir
invariablemente herido, hasta que la muerte termine por colarse entre las
heridas que no logren cicatrizar.
¿Y qué hay de la voluntad que se
agota en la búsqueda de sí misma? Esto puede parecer absurdo, pero no es otra
cosa sino la interpretación de la anomia en una existencia que en su intento
por renovarse termina pereciendo ante el sin sentido que representa buscar lo
que ya no existe. Es válido entonces dar por terminada la relación con todo,
hasta con uno mismo. Se puede recrear el mundo a través de la ilusión sin duda,
pero también es válido ante la flagrante evidencia de la realidad como algo
inadmisible dar por terminadas las cosas.
Este no es un derecho que estemos
en posibilidad de otorgar a los otros, ya que simboliza precisamente el sin
sentido mismo del esfuerzo individual o colectivo al que estamos todos siempre
expuestos, pero estamos en la obligación ética desde la condición humana de
aceptar que dentro de las posibilidades de cada individuo esto no es sino una
expresión igual de válida que las otras.
Igual de válido puede ser
eliminar a la otredad. Pero este punto es particularmente delicado, porque
eliminar a la otredad ha implicado en la historia humana el recuento de
injusticias más cruentas posibles ejecutadas desde la voluntad más mezquina del
hombre. Sin embargo, ese inevitable derramamiento de sangre en la historia
humana muchas otras veces ha encontrado justificación, no solo desde el punto
de vista del placer, sino una vez más, desde la necesidad, ante la falta de
aceptación de otredades en un mismo espacio y su lucha por vencer.
Es así como la voluntad se
extingue, entre el crimen o la anomia. Si es posible aceptar ambas realidades,
morir no debiera ser tan penoso. Pero lo es precisamente porque en ambas
situaciones la exposición al dolor es más fuerte que nunca. Hablamos otra vez
de la resolución punzante de la existencia, de cómo la voluntad o contradice a
las otras voluntades o se contradice a si misma con el fin de permanecer un
periodo de tiempo un poco más largo en el mundo.
Una voluntad grande solo perecerá
por azar. Una voluntad pequeña perecerá más que por el contexto previo
establecido por ese azar, por la fragilidad de su existencia. Esto no ha de
restarle belleza alguna, muy por el contrario, es por eso tal vez que subsista
su recuerdo, por esa esencia única que la hacía no solo objeto de fragilidad
sino también algo atesorable entre el gran sin sentido de la vida.
En medio del abandono de la
voluntad, es posible recurrir a aquello que nos evoca placer. Esto ya no es
terreno propiamente de lo ilusorio, o al menos no por completo. Es posible
hablar de una idealización de lo pasado, pero puede ser más que eso, puede ser
el esfuerzo desesperado por permanecer fiel a la vida como algo con significación,
algo que vale la pena.
Las lágrimas pueden cambiar al
mundo, una canción puede cambiar al mundo, una idea concebida desde el rincón
más frío y solitario puede cambiar el modo en que ocurren y se entienden todas
las cosas. De esas sensaciones puede surgir en oposición la idea que nos
permita revolucionar todo desde nuestras ilusiones más grandes, hacer que el
mundo sea en parte lo que nuestras ilusiones siempre nos han dicho que puede
ser.
Regreso al tema de las ilusiones
porque se complementa con el tema de lo perdido, con lo que aún se puede
encontrar pese a las contrariedades del nacer en este mundo. Podemos rescatar
al mundo de afuera evocando al interno. Pero se tiene que ser valiente, muy
valiente, para llevar a cabo esta tarea, porque va de por medio lo que más
amamos de entre los despojos que nos deja en las manos la existencia.
Lo que nos queda claro, aun
instintivamente, es que no sufriríamos si no hubiera un buen motivo, una razón
lo suficientemente válida para esto. Si es algo instintivo, que venimos
arrastrando desde el principio de los tiempos, entonces no es necedad pensar en
ello, no es necedad tratar de resolverlo, sino una obligación, el imperativo
que cada individuo tiene en su existencia.
Todo lo aquí expresado es
aparentemente contradictorio, pero tiene sentido en cuanto a que todo sistema viviente
se sostiene a través de una serie de contrapesos. No se puede salvar nada en
esta vida en cuanto todo está destinado a perecer, pero entonces hay que
encontrar aquel motivo que nos rescate dentro de la vida misma, y no hemos
todos de encontrar los mismos motivos, y habrá que entender además a aquel o
aquellos que ya no encuentren motivo. Sin embargo, el caos nos arrastra a todos
del mismo modo en que el viento arrastra las hojas secas del otoño. Las hojas
se revolotean como si jugaran, no sospechan qué es aquello que ha de acabar con
ellas, pero en el camino siguen jugueteando.
La soledad no es necesariamente
una condena, pero lo que se expresa desde la soledad consiste en una especie de
tortura, pues no es sino el desaforado intento por mostrar al mundo que hacen
falta abrazos, hace falta cariño, hace falta amor en medio del desastre que
implica el vivir. No se es más certero en soledad, pero los sentimientos
afloran con más intensidad cuando se está sólo, porque es cuando el pensamiento
trata de encontrar salidas originales a todo lo que está sin resolverse. Hablo
de esto porque precisamente, como en la metáfora de las hojas, la soledad es
invariable, flotamos solos hacia lo desconocido, aunque el viento nos arrastre
como arrastra a las hojas unas con otras.
Por lo tanto, habría que hacer un
esfuerzo constante por comprender a la otredad desde esta perspectiva. Partimos
de un montón de juicios de valor para tomar decisiones, y es visible que estos
juicios de valor forman parte tanto de lo ilusorio como de la estética misma,
pero también del prejuicio, de lo referenciado y sobre todo lo mal
referenciado. Para hacer una distinción entre estas categorías, no hace falta
tenerlas clasificadas. Basta con lo que la comunicación nos transmita. Pero una
vez más, hace falta sensibilidad para llegar a este grado de comprensión, y la
sensibilidad empieza desde lo que uno reconoce como propio no a través de la
otredad sino en la intimidad más plena y absoluta, he aquí la cuestión de la
soledad planteada desde su significación más ambiciosa.
Solo así nos otorgaríamos un
sentido de justicia menos destructivo que la venganza y más eficiente que el
mero azar. Pero hablar de esto no es más que una especulación, una utopía, y no
hacen falta utopías, lo que hace falta es un contexto en el que esto sea
tangible. La denuncia ha sido la única arma contra este problema, y las
acciones tanto individuales como colectivas no alcanzan a resolverlo porque lo
que domina en los corazones de los hombres es el miedo a reconocerse a sí
mismos, pues esto dejaría al descubierto más carencias que logros.
Ha quedado claro que lo que por
principio considerábamos necedad e ingratitud en este texto en realidad no lo
es en la medida que nos hemos propuesto como especie una existencia más amena.
El problema de esto radica más bien en que no alcanzamos a amarnos y amar lo
suficiente como para proponer desde nuestra potencialidad soluciones prácticas.
Lo que hay son referencias, y son en buena parte más dañinas que útiles, pero
es porque su utilidad radica en la mezquindad del ser humano, no en su fuerza
más esencialmente pura.
Estamos tan expuestos a la
intemperie como lo estuvo el hombre de las cavernas, y parece que no nos queda
muy claro. Y hasta eso, el hombre de las cavernas tenía más libertad en su
caverna de la que el hombre tiene desde sus chozas, sus casas y sus palacios.
Pero en nuestra insensibilidad nos hemos otorgado los unos a los otros el
derecho de vigilar y juzgar al otro sólo a través de los prejuicios. Nunca hay
por lo tanto un punto de reflexión en la historia de la humanidad, lo que
gobierna al mundo es la voluntad mezquina, y en medio de todo eso, las
voluntades, pequeñas o grandes, que tienen que luchar, apostando por que la
belleza no se rinda ante el poder.
He aquí la voluntad y sus
inconsecuencias. Es claro que la voluntad no es azarosa, pero por azar se
convierte en esclava de sus propias conquistas, sean materiales, sean
intangibles, sean incluso ficciones. No es de extrañar que sean las cucarachas
las sobrevivientes de los dinosaurios. Aquellos que dicen que la voluntad del
más fuerte prevalece, han torcido el significado de fuerza por el de aptitud, y
el ser apto no implica permanencia, implica únicamente destreza para continuar
de entre lo más atroz. Pero, ¿qué tanto se puede juzgar esto?, tal vez más de
lo que imaginamos, porque bajo esta premisa hemos hecho del mundo algo
insoportable para nosotros mismos en diversos momentos de la historia, y en
esas incontables ocasiones en las que no disponíamos de otros medios recurrimos
a la atrocidad, pues sobrevivir es una cosa aún más ingrata que el simple hecho
de vivir.
¿Se puede seguir viviendo en un
mundo juzgado de ese modo? La respuesta es personal, pero además es incierta.
Queda sin resolver así la aportación real de la historia, pues ilustra por un
lado la realidad pasada, pero solo para demostrar el paso de la humanidad como
algo hecho a base de una estética nada gentil y muy injusta, como si hiciera
falta injusticia en la existencia.
La belleza otorga en efecto
plenitud, y los rasgos de la belleza que estén a nuestro alcance son los que
darán sentido a nuestra existencia. Pero en esto radica también el problema de
la injusticia, porque dentro del azar la belleza es su temática más versátil,
con efectos como el purificar la existencia humana en un sentido positivo o de
desgarrarla y descartarla del modo más atroz en el lado negativo. Estamos en
búsqueda de una sociedad cuya belleza esté en disposición, esencialmente de ser
ética si no democrática, pero he aquí el aspecto de la vileza humana que bien
puede despojar a toda belleza de buena parte de los anhelos que es capaz de
crear por sí sola a su paso.
Cada artista posee ciertos
ideales, y sino ideales si ideas, que se llevan desde la abstracción a una
especie de concreción, pero estos a su vez funcionan como maquetas de lo que
éste realizará a lo largo de sus múltiples facetas como artista, y al final el
artista lo que creará no son más que abstracciones, lo que implica un proceso
dialéctico. Esto se debe en parte sin duda al contexto, las circunstancias
entre las que crea. Pero además tiene que ver con todo lo que nunca termina por
resolverse del todo, o que más tienen una definición distinta porque el paso
del tiempo así lo requiere.
La belleza reflejada desde el
arte tiene más elementos éticos que la belleza dada por la naturaleza del
mundo, porque la voluntad que crea al arte proviene de los sentimientos,
mientras la voluntad presente en los aspectos no humanos de la existencia es
mucho más errática, tiene que ver con el movimiento en el universo.
La estética ética es la forma de
contrarrestar los efectos del azar en el mundo, de una manera no muy eficiente,
pero que al menos ha permitido que la vida humana históricamente sea soportable
y le ha dado tal vez los únicos asideros firmes a la humanidad que nada tienen
que ver con los efectos analgésicos de la ciencia o la religión.
Por eso es claro que no se puede
dotar de moral a nada, es decir la moralidad no existe, porque lo mismo en el
método científico como en la creación artística, lo que rige es la acción, lo volitivo y como
esto se desenvuelve, la medida en que sus efectos dotan de belleza a la
existencia humana, ergo, son las decisiones circunstanciales más que el
conjunto de prejuicios los que prevalecen en la acción individual como potencia
creadora.
4. El prejuicio busca dotar de
significación a lo incomprensible dentro de un esquema cerrado, esto es lo que
conocemos como moral. Una vez más observamos lo circunstancial, en este caso lo
circunstancial atado a la cuestión
social. Como hemos visto, es la voluntad mezquina la que más se presta a
gobernar al mundo, y la moral se amolda a sus pretensiones en cuanto es simple.
El juicio de valor es algo intrínseco
a la percepción cerebral en el entorno del ser humano, pues hemos dicho ya
antes que el contexto está referenciado en parte para facilitar muchos de los
procesos y tareas humanas. De aquí parte la sensibilidad de las voluntades
mezquinas cuando de lo que se trata es de encuadrar en un esquema a la sociedad
en la medida de las necesidades del ejercicio del poder. Una serie de juicios
de valor relativamente primitivos, que atienden en mayor medida a la
sensibilidad humana no desarrollada, y que además en el aspecto contemporáneo
de la historia atienden a la sensibilidad de las masas, han llevado a la
creación de la moral. La moral es peligrosa en la medida en la que no atiende a
la pluralidad de lo sensible, y por el contrario es inquisitoria con la sensibilidad
humana.
Lo que trastorna es para la
sociedad en apariencia moral, pero en el fondo tiene que ver con la estética,
de la que está dotado antes de todo el ser humano. Un peldaño abajo de la
estética se encuentra la ética, que tiene que ver con el raciocinio, de aquello
que podemos discernir y tomar en cuenta a la hora de actuar, y que nos
proporciona la posibilidad de actuar de una forma equilibrada y proporcionada
en sí. El resultado de esto es en esencia volitivo, pero siempre está en choque
con el azar del contexto. Esto refleja que en un sentido estricto la moralidad
es innecesaria para una sensibilidad lo suficientemente desarrollada y un
raciocinio cuya comprensión es supra sistemática. Pero para que una sociedad en
su conjunto llegue a esta misma conclusión, es necesario el reconocimiento del
individuo hacia sí mismo, como testigo de su propia existencia.
Esto no es una tarea fácil por sí
misma, y tampoco es probable que pueda ser democrática. Después de todo, es
mediante la moralidad que se ha pervertido a la belleza, que se le ha llevado
al punto de la obscenidad. Por desgracia, el arte puede ser objeto de la
obscenidad también gracias a esta realización de lo moral.
Cuando referimos que hay voluntad
en la existencia, hay que aclarar que esto no es más que un intento de
interpretación. El universo no posee intrínsecamente la sensibilidad que
otorgan las neuronas al ser humano, pero en este punto hace falta imaginación
para dotar de sentido al movimiento, a la fuerzas que impulsan a cada movimiento
de cada cosa, y que en el ser humano se hace metáfora y realidad a su vez, una
realidad que no es otra sino la voluntad de hacer. Sería confuso decir que el
universo posee el mismo sentido volitivo que el ser humano, porque la
naturaleza de ambos es distinta, el primero como hemos visto es hasta cierto
punto inasible y lo que se entiende sobre él es problema de la cosmología y sus
términos que son muy concretos, mientras el segundo es por lo demás un tanto
más comprensible debido a sus dimensiones asibles.
He aquí que la moral y el
misticismo institucionalizado han hecho un buen tándem a la hora de encuadrar
la existencia humana, convirtiendo en tabú el análisis de la brutalidad de la
existencia humana misma, pero así mismo la potencialidad de su belleza, no sin
hacer uso abusivo de ambas cosas. El mundo se puede interpretar, no encuadrar.
Existen patrones en la existencia de las cosas, pero no un orden concreto, tan
sólo hay que observar la orografía de la tierra para esclarecer este punto no
como metáfora sino como algo plenamente tangible en el orden de la concreción.
La lógica y la creatividad pueden y requieren de
combinarse en reiteradas ocasiones, y la propensión a la una a la otra es igual
de válida en la medida en la que ambas proporcionan soluciones a los detalles
relevantes o hasta cierto punto insignificantes de la vida, pero que al final
de cuentas nos llevan a cierto grado de placer. Estos no son sino elementos de
la voluntad, en el sentido plenamente humano del término.
En este punto es necesario entrar
en algo un tanto ignorado, y es precisamente en como lo ilusorio como refugio
no es necesariamente un espacio placentero. Si bien nuestras ilusiones están
ahí para compensar lo que en la realidad no es sino carencia, también es
posible terminar en lo ilusorio como un intento fallido de la resolución de la
misma realidad dentro de la ilusión, lo cual invariablemente conduce hacia la
locura y probablemente a la anomia. Esto es inquietante, porque tanto la
moralidad como lo ilusorio que no cumple su función llevan al individuo a la
ejecución de una vida que se desarrolla carente a través de la inconsciencia.
Hay una esencia coercitiva en el
ejercicio del poder, y es esta la que puede llevar a la plenitud o sometimiento
del individuo a circunstancias que son eludibles por simple lógica o por efecto
de la acción, a veces virulenta. He aquí lo que en reiteradas ocasiones ha sido
motor de revoluciones enteras en la historia humana. Los cambios sociales
reiterados de los últimos tiempos no son gratuitos, sino que son la evocación
de este intento por desenmascarar aspectos que limitan la potencialidad humana.
Desgraciadamente, incluso este punto ha sido utilizado para llevar a cabo un
nuevo tipo de represión, encuadrada en el marco de una libertad carente.
Evocar el contexto actual es útil
en la medida en la que hemos recalcado como la vida de cada ser humano es
impactada por el mismo. El objeto de cada discusión en este sentido es
humanista. No se puede ver de otro modo, aunque la pretensión humanista es
reconociblemente utópica, como cualquier otro intento por comprender la
realidad y adaptarla para su mejor comprensión, asimilación y goce. Sin
embargo, no corresponde a una obra
validarse a sí misma, porque esto una vez más es un retorno a la obscenidad,
pero lo que sí es importante es esclarecer tanto como se pueda los términos de
cada cosa, y es ahí donde se encuentran las trampas de la voluntad.
Hasta aquí se ha tratado de dar
un sentido de la proporción a lo cognoscible. Esto no es para nada novedoso
como hemos recalcado. Pero dentro del caos, la mayor de las suertes es no dejar
pasar aquello que pasa frente a nosotros. Hay que seguir apostando a cada
instante, está es la mayor dificultad de la vida del hombre, porque cada paso
es incertidumbre. He aquí la importancia del conjunto de las cosas que nos es
dada a interpretar, lo que hace válido cualquier esfuerzo en este sentido.
Ahora bien, la felicidad sólo es
producto del egoísmo. Es muy raro que la felicidad sea algo colectivo, por no
decir que imposible, y si llega a serlo tiene que ser una felicidad
efervescente, producto de un momento de crisis extrema. Pero la realidad es que
la felicidad sólo pertenece al campo de la belleza. Lo que no se desarrolle en
un contexto de belleza no es felicidad, es conformismo, es agotamiento, es la
crisis perpetua.
Tal vez hay que aclarar con esto
un punto más, y es que probablemente la realidad vista con suma objetividad sea
motivo de anomia pura en sí misma. A cada rastro de optimismo se le sobrepone
uno de tragedia, y todo intento por evadir el resultado de esta ecuación es
perturbadoramente represor, está en busca de una sublimidad que en realidad es
decadente porque es producto de una realidad que jamás ha interesado a la
sociedad en toda la historia.
Pero recurrir a la historia es
también un engaño, porque no hay forma de borrar el rastro de lo ocurrido, que
no sólo es terriblemente violento y doloroso, sino que confirma en gran medida
la tesis que se va desenvolviendo en este mismo sentido.
Entonces, el sentido mismo,
unívoco, humanista, encuentra una tarea casi imposible, tratar de compensar lo
incompensable. La voluntad oculta en sí misma una capacidad de destrucción casi
infinita. En el mismo punto está la resiliencia, la capacidad de rehacer lo
desecho, acaso de los retazos que fue lo anteriormente conocido. En este punto
es posible afirmar que no hay resiliencia total en la capacidad humana, lo que
existe es la negación, la posibilidad de ignorar lo irresoluto, lo amordazador,
el daño infligido a través de siglos, milenios de existencia humana.
Y he aquí lo que puede amenazar
cualquier esfuerzo, la truncada sensibilidad del ser humano, contra una
racionalidad que tampoco funciona. Si la belleza venía en un principio a
salvar, en realidad termina siendo condenatoria. No hay otro modo de comprender
al mundo más que bajo este razonamiento. Así, todo lo que estaba como
referente, lo que en teoría estaba a disposición del ser humano para construir
un espacio en el que la especie pueda desarrollarse en un sentido de amor y
respeto, se convirtió en la barbarie, en la híper-referencia de rasgos
aleatorios y que sirven únicamente a la saciedad de los que ejercen el poder de
las formas más escandalosas, en una híper-referencia en la que la realidad es
irrelevante.
Todo se ha de justificar en ese
sentido, lo que nos cause escándalo, o un placer morboso, lo que satisfaga el
ideal del imaginario colectivo, es lo que en adelante estará realmente en
posibilidad de satisfacerse hasta el hartazgo, por el tiempo que dure el efecto
de lo que hace de sí mismo algo estridente, y en el campo concreto en el que
sea clasificado. Cualquier otro intento está condenado al fracaso en un
contexto como el que hemos construido los seres humanos en este punto. No sólo
estamos apuntando hacia el fin de la historia, sino que estamos viendo el fin
de la historia como algo decadente en sí mismo. Aún si la historia fuese
cíclica, retornamos a la construcción de un mundo con dificultades a cuestas.
Lo que hayamos de construir está condenado por lo que quedó, y hacer reverencia
de esto mismo en realidad no es sino síntoma de lo que no se puede superar, de
lo que queda marcado.
Y he aquí que el efecto de
ignorar es muchísimo más útil para una humanidad que se quedó sin asideros
desde hace mucho. En este punto de la historia, la humanidad vive hacinada,
acorralada, y casi por completo hundida. Todo lo bello comenzó a desgastarse de
forma más intensa entre más fácil fue el acceso a su belleza a una exposición
estridente y morbosa. Y lo que quedo fue el intento desesperado por reproducir
la belleza, por transmitirla, pero esta vez con vaguedad, con muy poco respeto
ya no digamos sólo de la forma, sino a la significación de la belleza y a la
vida misma.
Palabras sobran para describir lo
ocurrido, pero hacen falta soluciones. Lo que se puede proponer, lo que se
puede modificar, no es más que la formalidad, pero todos los constructos
sociales se han apoderado de forma tan brutal de lo que en algún momento pudo
tener un valor auténtico, que el desgaste de las soluciones mismas es evidente,
tanto como el desgaste de las palabras.
Queda la súplica, pero entonces
la dignidad se esfuma. Queda la dignidad, pero resulta que preservarla es una
tarea imposible. Ignorar, como síntoma de lo que es pero es mejor desconocer. Queda
decir que la culpa es de la fatalidad, pero eso no es sino el primer paso para
ignorar todo lo demás.
¿Somos entonces una especie
fallida? Sería un error emitir un juicio en este sentido, porque habría que
preguntarse con respecto a qué. Si es con respecto a nuestras capacidades
físicas, hemos sido rebasados por prácticamente todas las especies. Si es el
intelecto, esto es apenas un engaño, porque lo que domina en este mundo no es
el intelecto, es la voluntad y el sometimiento de la misma.
El amor, tal cual, se ha
convertido en una cuestión vulgar. Se convirtió en un objeto más del comercio,
algo que comprar y que vender a la vuelta de la esquina. Es la condena de una
estética que paso de ofrecernos la cima de lo auténticamente sublime a
llevarnos de la mano hacia la reclusión de lo que ya no nos es permitido ni
siquiera interpretar, porque está trastocado.
El agotamiento del mundo es más
visible que nunca, y nunca antes se ignoró más la crisis del ser humano, porque
todo consiste en reafirmar la felicidad como una época, la puerilidad como el
estado del ser, en fin, el mundo de la inconsistencia como lo único que vale la
pena. Pero, ¿se puede declarar todo esto como falso?, ¿en qué medida es falso
cuando es lo único que parece haber quedado?, y lo más terrible de todo, ¿por
qué pese a todos los esfuerzos a contracorriente, el mundo terminó de ésta
forma?
Es claro que las utopías se
estrellaron con una realidad mucho más despiadada de lo que sus ideólogos
creyeron en un principio, lo que causa extrañeza es que casi nadie hubiese
advertido que la belleza terminaría condenando a la humanidad de una forma tan
vacua, con tanto desdén por el sentir del ser en su sentido más profundo y
honesto.
Lo que queda es la felicidad
definida como la posibilidad de saciar todos los apetitos sin restricciones, y
eso es algo que en el contexto actual sólo es posible para un puñado de seres
humanos, que por azar más que por voluntad, tienen acceso a esta felicidad. El
resto de la humanidad es, para fines prácticos, daño colateral.
He aquí que la voracidad sea el
motor móvil de nuestras sociedades. Ya no se trata de la resistencia estoica,
ni de la belleza en proporción con el conjunto de la realidad que no es necesariamente
bella todo el tiempo, se trata de la compulsión neurótica de poseer a cada
instante en las manos la felicidad de la orgía controlada y una cornucopia de plástico. Vemos un nuevo
sentido de la vida, que lo toca todo y es capaz de descartarlo con el más
absoluto desdén.
Contra esa lógica no se puede
hacer nada. Es la misma máquina asesina que condenó a millones en los últimos
tiempos, es el mismo genocidio sólo que disfrazado de una fiesta infantil. Felicidades
truncadas por un ideal neurótico de la felicidad que se lo ha devorado todo,
aún peor que el tiempo mismo. El tiempo viene sobrando, sus efectos
desgastantes ya por todos conocidos son lo de menos, lo que queda es encontrar
la forma de descartar al otro.
El mérito es alcanzable ahora
sólo por cuestiones de azar, pero tiene que ser un azar sólo en relación con la
parte más recelosa y básica de la voluntad, que es la puerilidad, la escena del
niño que patalea porque el mundo no le satisface, pues hasta que el mundo
satisfaga al niño todo podrá funcionar. Y a veces el niño tiene que patalear
por años, pero es irrelevante, mientras sea la mentalidad pueril lo que
permanezca en este, entonces todo es válido sistémicamente.
La burocracia ha triunfado por
encima del sentido común. Decir esto no es una coincidencia, tiene que ver ya
no con que toda la sociedad sea pueril, sino es necesario hacer creer a cada
individuo que es tal, y que si no se ocupa de hacer exactamente lo que se le
dice entonces no habrá satisfacción.
Fue a través de la voluntad que
triunfo la decadencia. En adelante, la inconsecuencia es lo único que podrá
conocer el individuo. El mérito podrá ser manipulable, pero esto sólo será en
función de lo que la ciencia nos permita obtener en ese sentido, lo que la
estética dictaminada como antes se dictaba la moral ha de ofrecernos.
Lo que este fuera de esto no será
visto sino como una nostalgia, una monstruosa presunción tratando encontrar
significación en donde ya no hay nada. Es así como la dignidad se entrampó
entre las necedades más iracundas de la voluntad, una voluntad que se nos
convirtió en rabia, en desprecio, que tal vez nos ha estancado en el odio de
una vez por todas.
Lo que quede por rescatar, se ha
de rescatar a sí mismo, tanto como pueda. Y esto no nos deja más alternativa
que ver como todo se va diluyendo, se va yendo, se va muriendo sin que se pueda
salvar. Aquel que sea demasiado idealista, se aventurará a rescatar todo lo que
pueda, y ese será su fin, poético para unos, absurdo para los otros, pero
siempre trágico.
El mundo sigue igual que siempre
tal vez, pero ahora no queda nada en él. Y todo gracias a la moral, cuyo debate
abrió fuego contra todo lo que aspiraba a ser sin más limitaciones que las del
espacio y el tiempo. Ahora el espacio y del tiempo, realidades inherentes e
intrínsecas a lo existente, no son más
que factores secundarios de un desgaste mucho más desgarrador.
Se ha establecido que la moral no
existe, lo cual en un sentido estricto es verdad, pero es desde la voluntad de
una sociedad, la actual, que se ha impuesto una moral muy concreta, la de la libertad
de venderse al más alto precio posible. Lo demás es vanidad. La voluntad se
entrampó a sí misma.
Resta decir, que ante la
imposibilidad queda algo que de algún modo deja sentir al individuo la posibilidad
de auto afirmarse, sea que se lo niegue o no el mundo. Pero esto es un decir,
no hay manera de saber en qué medida es posible, porque los contextos varían
aún dentro de la estandarización del contexto mismo. Es, pese a todo, bajo
condiciones muy duras que esto es posible, se requiere del reforzamiento de la
voluntad individual, cuyos medios muchas veces entrarán en contradicción
consigo mismos. Hace falta convicción, convicción en un mundo que la niega por
su naturaleza finita e imperfecta.