miércoles, 26 de febrero de 2014

Carta sin derecho de réplica

Y me confieso culpable, de mi existencia, de mi insistencia, de mi resistencia y de toda esa palabrería fútil para decir que te quiero. Te quiero por tu sonrisa, por tu mirada de miel, por tu rostro angelical y tus cabellos dorados; y claro, por tu alma cálida, lo que sea que eso signifique, por que toda tú eres tal cual en esencia como en presencia, que no son lo mismo pero suenan casi igual.

Yo, tan defectuoso, tan arrebatado, tan contradictorio, tan estúpido y tan poco original, no hago más que querer y entre todo lo que quiero quererte a ti más que a todo lo demás. ¿Qué si las cosas que me pasan son ingratas?, ingrata es toda la vida, pero al verte la ingratitud se me olvida, se me va, y es que al verte no hay necesidad de más decir, y no puede haber nada mejor en el mundo que eso.

Debiera callarme, pues yo no tengo derecho de réplica, yo soy, para mi desgracia, esclavo y peón en este juego absurdo. Que tu eres el mundo, la vida más allá de la vida, el universo, el todo, y en ti todo se resume y se redime, no hay nada más cierto. Y que triste es todo esto, que loco, una maravilla.

Nos separan muchos muros, aunque por hoy físicamente sólo uno y un simple par de puertas, pero eso sí, difíciles de franquear las dos. ¿Qué maldigo al viento por obligarme a vivir?, claro, la vida es una cosa espantosa, y más sabiendo que existes, y que en el fondo de todas las cosas no estás tú, sino una nada miserable, grosera, infame toda.

Pero bueno, con esto me despido, no se me vayan a ir los amigos y con ellos la botella de ajenjo, que de un trago ha de disipar todas mis memorias, incluso aquellas que me dicen que existo, y que además existo sin ti, ¿qué le vamos a hacer?



domingo, 16 de febrero de 2014

Cuento en una hoja, o dos páginas que es lo mismo.

Pues es como todo, le dije; y me respondió que no, que no se vale, que cómo iban a ser las cosas así.

     Nada es más terrible que el no saber a donde ir ni que hacer en lo subsecuente. Mi amiga Katia, la Katia de todos, la Katyusha, se había enamorado. Enamorada estaba sin que pudieran corresponderle.


    Y, ¿qué iba a hacer?
   
     Pues resignarte, le dije; pero no, ella no estaba dispuesta por ningún medio a consentir en tal cosa. Tendría entonces que ir y decirle, y después salir corriendo hasta que el mundo, como si tuviese manos o más bien tenazas la apretujara lentamente y de sus ojos salieran chispas semejantes a eso que llaman lágrimas.

     Y, ¿le dijo?

     ¡Claro que le dijo!

     ¿Que qué le dijo?, a eso no lo sé. Yo sólo sé de cuando estoy con ella y hablamos, lo demás son cuentos, escritos todos en una hoja deleznable, en dos páginas que muy poco dicen. Dicen poco, pues, las palabras, aún las que se pronuncian, con peor razón las que se escriben.

     Y qué torpezas son estas, no existe pues eso de "con peor razón". Peores razones tenemos todos siempre para hacer lo que, en ocasiones, y cuando a este se le enloquece la brújula, y con este me refiero por supuesto al corazón, dicta.

     Y, ¿qué le respondió? Nada. Se quedó callado, bajó la mirada, la ignoró por unos instantes, y sonrió, y luego finalmente le dijo que no, que el asunto era irresoluble. Bueno, eso si confío en que ella, la Katia, dice la verdad.

     Todos trompicamos, lo difícil es levantarse, y la Katia, trompicó de amor. No hay manera de objetar lo que por derecho no es ni será de uno.

     Y con el "hubiera" mejor es no decir nada, de eso se podría hacer un mundo a la inversa, y eso como que no cuadra, o más bien sí, pero no por estos lares.

     Mientras vivimos, Katia, le dije; mientras vivimos así es la cosa, dura muy poco, se disfrúta menos y no termina nunca de ser lo que uno quisiera que fuera.

     Afuera, dice la gente, pero la gente no sabe nada, pues todo lo que pasa, pasa adentro. ¿Cómo confiar entonces de lo que se dice, peor aún de lo que se escribe, con peor razón.

     Y Katia lloró, esas si que eran lágrimas; y las lágrimas corren y aunque por lo general no dejan mancha, lo hacen a uno enmudecer.

     Pues es como todo, le dije; pero ya no me supo responder más. En eso se nos va la vida.



martes, 4 de febrero de 2014

Las trampas de la voluntad.


1. Pensar es el ejercicio más ingrato de todos. Para empezar, uno enfoca sus pensamientos en aspectos concretos, las cuestiones aparentemente más simples que van desde respirar, hasta comer, dormir, en fin, todo lo fisiológico. Se piensa esencialmente sobre todo lo que es necesario. Pensar en lo innecesario suena a necedad. Pero he aquí el primer problema verdadero, no se piensa con claridad en todo lo que resulta necesario. Cuando el hombre comenzó a tener un pensamiento complejo, irónicamente su primer pensamiento no tuvo nada que ver con el sentido de la existencia, esto era hasta cierto punto inimaginable, el hombre vivía por vivir simple y llanamente. Cuando se dice que el hombre era primitivo, se desestiman las largas penurias por las que tuvo que pasar para continuar, los infinitos abusos a los que se vio sometido por la naturaleza a su alrededor, pero también por sus congéneres.

He aquí el primer problema, la cuestión de la voluntad que se interpone ante todo lo demás, no importando la naturaleza ontológica de las cosas, porque entonces las cosas no son simplemente cosas, están ahí a fuerza de voluntad y oportunidad.

Y he aquí el segundo problema elemental sobre lo que es el hombre, que es precisamente enfrentarse a todo aquello que es ajeno a su voluntad, y que lo lleva invariablemente a la anomia. En pocas palabras, para vivir hay que ser abusivo y tener eso que llamamos suerte. Se dice en este sentido que la suerte es una ley no comprobada.

Y he aquí el tercer elemento, eso a lo que se llama destino. Habría que distinguir la suerte del destino, pues no hay nada de suerte en aquello a lo que estamos destinados todos los seres humanos, que es envejecer y morir.

No importa la edad, el género, el llamado estilo de vida, todo está condicionado por estos tres aspectos en la existencia. Lo que existe se sostiene por su naturaleza paradójica y no por ser estático, eso que se conoce como impermanencia es el ritmo de la existencia misma. He aquí la tragedia y la crueldad a la que está sometida la existencia humana. No por nada el hombre está dispuesto a toda clase de riesgos que en ocasiones no le provocan más que daño, es la incomprensibilidad total de estos aspectos, o su entendimiento pleno, lo que nos conduce a la anomia, definida esta de manera sencilla como la falta de sentido.

Por lo demás todo lo que conocemos está alterado por nuestra propia naturaleza fisiológica. Nuestro cerebro ve en determinadas dosis lo que quiere, pero en mayor medida lo que puede. De esto se escuda mucho del misticismo, asume lo que los sentidos no pueden percibir. Al final no es más que un ejercicio de imaginación. No busco desestimar la imaginación, pero no puede concebirse la imaginación sino como un reflejo de todo lo que no es enteramente posible en la realidad perceptible. Todo lo que este fuera de este contexto simplemente no es.

Al hombre no lo domina otra lógica, o la realidad provee a su vida de todos los aspectos de lo que entendemos como plenitud, o hay que construirse un mundo aparte, que se haga de la deconstrucción del existente, que nos muestre un panorama de aquello que sí nos haría sentido, de modo tal que haya un motor de la voluntad.

Hablar de un motor en estos tiempos no es casualidad, ante su propia limitación el hombre inventa a la máquina, con el único fin de ver si así, mediante una destrucción sistematizada de lo que lo rodea, es posible alcanzar eso que tanto busca. ¿Y qué busca? La solución a todos los problemas ha sido definida como felicidad. Pero la felicidad como término es algo engañoso, pues ¿quién se atreve a definir lo que es felicidad? De entre todas las cosas aquí dichas, es la primera que realmente representa un conflicto. Hay una necesidad imperiosa de distinguir felicidad de misticismo, y es que la felicidad no se imagina, la felicidad, como los síntomas fisiológicos, simplemente es.

Hallamos entonces un primer axioma: la felicidad es una eventualidad que se traduce por la plena satisfacción de los sentidos. Pero tampoco hay soluciones sencillas respecto a este punto. Para empezar, estamos hablando de algo que nos compete a todos los seres humanos desde el principio del desarrollo del pensamiento complejo, cuando nuestro cerebro pudo percibir la realidad de la misma manera en la que la concebimos hoy día. Y he aquí algo que hemos pasado de largo, y es que para alcanzar la felicidad, al menos por principio, no habría que pensar en ella, se construye desde un nivel mínimo de reflexión, del saberse plenamente satisfecho. ¿Pero cómo estar plenamente satisfecho en una realidad que es opuesta a la satisfacción plena de los sentidos? Bueno, eso se traduce precisamente en el aspecto espacio-temporal de la felicidad, que no es otra cosa sino su eventualidad.

Soy feliz, por lo tanto la existencia tiene sentido. Claro, hasta aquí todo parece lógico. La historia de la humanidad, sangrienta, virulenta, y miserable como ha sido, adquiere significación por la búsqueda y eventual adquisición de los medios para conquistar la felicidad. ¿Tan simple como eso? Claro, es tan simple como tocar el clavecín, se debe poner el peso exacto en el momento exacto en cada tecla.
En realidad esto no tiene nada de claro. ¿Por qué entonces apreciamos todo aquello que es capaz de sobrevivir en condiciones extremas? He aquí la voluntad, nuevamente, que aprecia todo aquello que está por encima de las circunstancias. ¿Es entonces la felicidad un momento extremo? ¿Se puede ser feliz en la incomodidad de la existencia? Porque si es así entonces ya no podemos hablar de que la felicidad consiste únicamente en la satisfacción plena de los sentidos, sino que además requiere del aspecto volitivo para que exista, es decir, si las eventualidades de la vida no reportan aquello que por voluntad hemos buscado, entonces no hay felicidad. He aquí la significación de todo sufrimiento. Ser feliz no consiste únicamente en la satisfacción, sino en cómo se llega a esta.

Si no se llega a la satisfacción de los sentidos por voluntad, se llega por suerte. Si no es el resultado del esfuerzo, es sin duda la acción del azar entre los actos que presenciamos.

¿Puede ser la combinación de ambas? Absolutamente, de hecho lo es la mayor parte del tiempo, la vida no existe si no es por voluntad, y las mejores cosas no llegan sino por azar. Pero sigue el problema de la muerte frente a nosotros, la satisfacción no puede ser plena cuando es la muerte lo que nos rodea a cada paso, es el recordatorio de que no importa lo buena o desdichada que sea la vida, hay que pagar un precio, dar el paso más terrible, el más doloroso, el más siniestro, que es dejarse caer en los brazos de la  imposibilidad, la imposibilidad de percibir, de levantarse y luchar, de sentir la adrenalina que se requiere para seguir jugando.
Es por eso que lo lúdico se volvió una significación ficticia pero eficaz de la existencia del hombre moderno, que requiere de la magia de pensar que su destino está atado a aquello que triunfa, porque así de seguro el también triunfará. Y cuando se pierde, que es la mayor parte del tiempo, queda la oquedad, la insatisfacción generalizada se lleva al nivel personal en muchas ocasiones, y se buscan culpables. Lo más propio es culpar al destino. Y es que, si el único destino asequible es la anomia, la inexistencia, es inevitable relacionar la pérdida con la fatalidad. En otros tiempos perder ante el adversario no era solamente el sometimiento de la voluntad, la confirmación del abandono de la diosa fortuna, sino era la entrega de todas las armas a la muerte.

“La muerte voraz que se comerá tanto”. Esta  idea es la más representativa de todas en la vida del ser humano. Siempre que algo se muere no hay vuelta atrás. Morir representa ser defecado por la existencia, lo cual es imperdonable. He aquí el problema, la existencia y la felicidad son de naturaleza antagónica, la existencia es hasta donde se sabe perenne e impermanente, mientras la felicidad es momentánea y aspira a ser eterna. No puede haber dos aspectos más contradictorios, y no parece haber algo que los conecte en el camino.

Al hombre le gustan las soluciones complejas, las que lo acerquen a la seguridad del vientre materno. Para eso está el sexo, y el hombre primitivo no pudo haber experimentado una satisfacción plena de los sentidos sin este elemento, que es como la sal y la pimienta en el banquete de la vida, sin este punto todo banquete está incompleto. Por lo tanto, la felicidad es orgiástica.

La felicidad representa en suma y hasta el momento una falta de respeto a la razón. No hay razón que alcance a asir felicidad alguna. ¿Por qué pensamos entonces?, pensamos por necesidad, pero la satisfacción y las necesidades al final no están del todo conectadas al pensamiento, y sin embargo están atadas a este para su elaboración y ejecución.

Es mezquino creer que se piensa por la precariedad e insuficiencia de la existencia cotidiana, pues el pensamiento es más origen que solución de problemas, pero hemos hecho uso de él porque sabemos que una realidad producida conduce a su vez a la posibilidad de más emociones, y entonces el aspecto lúdico y volitivo de la vida encuentra más salidas. Y esto es inevitable porque el hombre no solo necesita defecar, también tiene que orinar, sudar, en fin, deshacerse de las toxinas del cuerpo de todas las maneras posibles. ¿Por qué el placer llega a producir culpa? Bueno, por la sencilla razón de que la existencia deshecha un sinfín de cosas a costa del placer. ¿No produce placer defecar después de todo?

El placer, elemento vital de la satisfacción, elemento a su vez de la felicidad, es lo más destructivo que existe, de hecho es la causa fundamental de la existencia, es la alquimia de todo, de la voluntad y del azar. La insatisfacción principal de la vida es que no se puede defecar sin ser defecado, por eso es que el sexo resulto ser un tabú, era la forma de evitar la destrucción de todo. Toda conducta depravada, todo intento de torturar, matar, humillar, delinquir, está relacionado con esta búsqueda de la satisfacción. La vida puede estar regida por la casualidad, pero al historia no es producto del azar, cada suceso glorificado, mitificado, está relacionado con lo orgiástico, con la destrucción. La humanidad ha pretendido que sea esto lo que le de carácter perenne a su paso por la tierra, como si llegar al máximo nivel de destrucción le permitiese fundirse de manera más concreta con el resto de la existencia.

La vida de un salmón tiene más coherencia que la de un ser humano si reducimos todo a este análisis. El salmón nace, va río abajo, llega al mar, encuentra con quién aparearse, regresa a donde nació río arriba pese a todas las dificultades que esto implica, se reproduce y muere. Esta por supuesto la voluntad que se impone, que es la del salmón que desova. Pero claro, algunos salmones son cazados por los osos, y no cumplen con su cometido. He aquí la suerte, que cumple una función ya no sólo como elemento vital de la injusticia que representa la existencia, sino que da lugar a la existencia y supervivencia de algo más, un ser de dimensiones espacio-temporales mayores: un oso. La muerte viene siendo entonces, haciendo una metáfora con lo que como seres humanos comprendemos, el sistema digestivo de la existencia. Todo lo que se defeca produce algo más, y esto a su vez algo más, y entonces vemos una cadena interminable de sucesos.

El sentido amplio de la existencia debiera consistir entonces en que la energía del universo permanezca en constante movimiento, a fin de que todo pueda seguir siendo. Y sin embargo, esta idea no puede crear sino inconformidad. Se requieren de dioses en el cosmos para justificar semejante atrocidad, como un gran oso que nos regurgita y nos deshace en sus ácidos estomacales pero nos requiere para que todo continúe.

Pero cuando ya no quedan dioses, y queda solo el hombre, el hombre por sí mismo se convierte en una cosa insuficiente. Todas la deficiencias, carencias, toda la infelicidad del ser humano se ve reflejada en  esto. Mientras el hombre ignora estos hechos, está dado a permitirse toda la torpeza de la que es capaz. Pero una vez trascendida esta idea, toda la existencia queda desnuda, y con ella su increíble fragilidad.

Lo más grande es lo que más se resistirá a perecer, y en ese sentido el homo sapiens y sus ancestros homínidos se ven rebasados por sus ancestros más torpes pero más vastos en tamaño como fueron los dinosaurios. Entonces hace falta apropiarse de aquello cuyas dimensiones son infinitas, y esa ilusión, dentro de las limitaciones de nuestro cerebro y nuestros sentidos, sólo puede dárnosla la imaginación.

Una vez más, es la voluntad la que viene a salvar el día en medio del infortunio de existir. La voluntad que no se rinde, el motor de lo que es, de lo que fue y de lo que será. La voluntad de imaginar a falta de poseer, de pertenecer en oposición del abandono, de la vida eterna en oposición a la muerte. Si la existencia persiste, entonces todo tiene sentido, aunque no podamos verlo. Si la felicidad o sus inimaginables equivalentes siguen siendo posibles en algún lado, no hay necesidad de hacer caso a la muerte.

Es imposible eliminar la cuestión del amor de entre los elementos que constituyen la felicidad. ¿Se puede ser feliz sin amor? La respuesta lógica sería que no, 1+0 no puede ser dos, sino sigue siendo uno. Pero la existencia es única, la vida es única, cada segundo que vivimos lo vivimos siendo uno sólo. Durante la existencia embrionaria somos parásitos de nuestras madres, tumores benignos a extirpar en un periodo de tiempo calculado. Existe la idea de que ahí somos dos,  lo cual es hasta cierto punto cierto pero esencialmente falso. Ningún individuo vive por otro la existencia embrionaria, sino cada quién es dueño de su propia experiencia como embrión. Y he aquí un hecho que nos pone en perspectiva como género humano más que cualquier otra cosa: la existencia de los géneros. Se es hombre o se es mujer, no hay más. Cierto es que existe el hermafroditismo, pero no es la regla bajo la que funciona la especie, de serlo no seríamos homínidos sino crustáceos. Sólo la mujer está en posibilidad de concebir. El hombre es hasta cierto punto inútil, no deja de ser un parásito de lo que la mujer es capaz de hacer fisiológicamente.

Por eso el hombre, no como especie sino como género, ha buscado desesperadamente transformarlo todo. La satisfacción plena de los sentidos la adquiere sólo regresando a lo que su contraparte puede ofrecerle, pero para eso ha de destruirlo todo, violarlo todo, transgredirlo todo. La mujer es un ser pleno, el hombre no, y es ella la que en realidad ha de someterlo todo, es la diosa, la que pide tributo por todo, no es casualidad que la fortuna sea vista como una diosa, el mundo se construye más que por las acciones violentas de los hombres, es decir, el tiempo, por el capricho de las mujeres, he aquí la fortuna. Tampoco es casualidad el sometimiento del hombre hacia la mujer, todo es consecuencia una vez más de la incomprensión o la comprensión plena de estos hechos. El puente entre estos seres ha de ser el sexo, pero más que el sexo debe ser el amor, la protección que el uno puede ofrecer al otro en medio de la destrucción perpetúa que se ejerce paradójicamente entre ambos.

Que del mundo brote otro mundo es lo que se busca. Cultivar es el desplazamiento de los mismos sentimientos que produce el amor, pero hacia un espacio mucho más inmenso. El artista crea con este mismo fin, dispuesto a que lo suyo se convierta en una sinfonía, el algo que enlace la existencia ya no sólo como algo burdo, sino como el tejido sutil y bello de las inclemencias de la vida. Que la música nos arrulle a todos como si fuéramos los niños mimados de la existencia, sus amantes más caros, sus hijos predilectos. Que el tiempo desaparezca, hay que matarlo, aniquilarlo antes de que nos aniquile a nosotros.

Ninguna de estas ideas es nueva. Se trata más bien de hacer una síntesis de lo aprendido. Son siglos de humanidad reducidos a unas cuantas páginas. Tampoco esta idea es nueva. Todo arte es un intento de esto mismo, toda filosofía es un intento de esto mismo, es por eso que toda filosofía es y sólo puede ser un humanismo, pues todo lo que hayamos de comprender se reduce a esto. Lo demás es innecesario, por lo tanto necio.

El hombre sigue viviendo por vivir simple y llanamente, sus gustos sofisticados siguen partiendo de la premisa de la satisfacción, que está a merced de lo que desea y lo que le es dado, y que siempre está en riesgo de desaparecer. Por lo tanto, la vida tiende a ser dolorosa, injusta e insatisfactoria, pero aspira a ser placentera, gratificante y feliz, y al final es lo que puede y no más.

2. A la ingratitud de pensar se le suma la ingratitud de vivir. Habría que precisar en efecto si es la ingratitud de vivir o la ingratitud de nacer, pues llegar al mundo implica un cierto nivel de desorientación, pero vivir, según es posible observar,  conlleva tanto gozo como dolor, es decir, la ingratitud de vivir es parcial.

Cuando se tiene salud, la voluntad conduce más fácilmente al individuo a sus objetivos. Entonces la vida nos es grata según parece. Y luego se desata la tormenta de lo ingrato, es decir, de todo aquello de lo que se nos va privando con el paso del tiempo, hasta que nuestra vida se vuelve monótona, aprisionada por lo que ya no puede ser, y por lo poco que queda.  Así avanzamos, hacia un único horizonte que desciende.

Pero como la fortuna misma es incierta, este periodo de tiempo relativamente corto también lo es, lo ingrato del vivir se sitúa por lo tanto en lo espacio-temporal. He aquí la necesidad de coordenadas, de orientación. Por definición no puede haber reglas en la vida ya que esta misma es incalculable e indefinible, inconmensurable sería un adjetivo más preciso. Lo que si hay es coordenadas, al menos en el espacio terrestre, y no sabemos hasta qué punto pero puede que también en el espacio exterior.

Lo que nos orienta es el horizonte, por lo que cambiar de horizontalidad es desde luego una idealización del cambio. Quien desee orientarse verticalmente en la tierra está perdido.  Pero ese es precisamente el argumento que la humanidad viene arrastrando desde el principio de los tiempos, la búsqueda de lo sublime en contraposición con lo mundano. Tendemos a pensar metafóricamente que como es arriba es abajo, pero esto es un error, y es el horizonte el que tiende a desmentir esta metáfora precisamente porque los cambios de horizontalidad son en esencia irrelevantes, pero en los detalles y para la percepción sensorial ciertamente variables tal vez en extremo. El hombre se arrastra por el horizonte, y a veces tiende a saltar muy alto, pero el arrastrarse hasta caer es la única realidad.

Sin embargo, la verticalidad, pero además la profundidad es lo que nos permite movernos, es decir, arrastrarnos con elegancia de horizonte en horizonte. He aquí lo que nos permite más que ninguna otra cosa existir y coexistir: la dimensión.

Las dimensiones de un sinfín de cosas son hasta cierto punto medibles, pero sólo porque existe una interpretación convencional para ello. Y es precisamente el otro aspecto que junto con la horizontalidad nos permite orientarnos, son las referencias. Todo lo humano es referencial. Pero la vida no es una referencia, porque está claro que esta está sometida al azar y la voluntad, lo mismo en conjunto que contrapuestas. Y he aquí la contradicción a la que todo ser humano está sometido a raíz del nacimiento. Previo a este el ser humano es uno con el universo más que nunca, es la interpretación misma del universo, su centro. Pero ya el sólo proceso de nacer es traumático y doloroso por sí mismo.

La vida no está sometida a nada, pero ciertos aspectos en la vida individual de cada organismo lo están. Podemos vivir en la tierra porque las condiciones están azarosamente dadas, y de la misma manera pueden o podrían no estarlo. ¿Hay una voluntad detrás de todo?, ¿encontrar la raíz de dicha voluntad, en caso de existir, es en realidad necesario?, ¿no es esta precisamente una necedad más del carácter humano para tratar de interpretar una realidad que no es sino muy dura con él?

Lo cierto es que es una necedad, porque nuestras referencias no alcanzan a medir la voluntad, mucho menos el azar y ergo, la vida. Todo se explica en función de la vida, incluido el destino que no es otro sino la muerte, pero este es el punto que hay que seguir recalcando, la vida es inconmensurable, no hay una receta para ella, y aunque la hubiera difícilmente está en sus orígenes, porque esta interpretación es el equivalente a vivir únicamente de acuerdo a la verticalidad, que es sólo un elemento de un conjunto más complejo, eso que llamamos realidad.

La necedad es hija de la insuficiencia, cada filosofía es más que una interpretación una protesta del hombre ante lo que las referencias no alcanzan a explicarle, pero sobre todo ante lo que sus propias vivencias logran o no aportarle. No es filósofo aquel que vive en el engaño de una felicidad referenciada, ni hace arte el que vive la mayor parte del tiempo en un alto nivel de satisfacción inconsciente. Esto no implica que no se pueda escribir sobre la satisfacción, que no se pueda crear fuera de la protesta y desde la felicidad plena y absolutamente consciente, de hecho es lo que más necesita el hombre en crisis, cuando se encuentra vacío, desorientado y entre los remanentes rotos de las referencias mal dadas y los recuerdos de los caminos sinuosos y fútiles.

He aquí el valor de la estética por encima de la ética. La música tiene mayor sentido en el campo de la percepción sensorial por que no niega la dimensión sino que la atrapa, la hace suya, la viola gentilmente, la transgrede a placer, no es restrictiva como todo lo visible y lo tangible, aunque posee limites en cuanto al alcance de las ondas sonoras, en realidad es el único arte en expansión, porque interpreta más fácilmente la espacio-temporalidad de la vida. Las artes en general tienden a esta búsqueda, pero las partículas no fluyen a la manera en la que lo hacen las ondas, la onda es creadora, la partícula constituyente.

Nacer es ingrato porque la vida a la intemperie requiere del pensamiento, el ejercicio más ingrato de todos, para desempeñar otros ejercicios de una manera un tanto menos laboriosa con el único fin de establecerse en la complejidad de la realidad y así llegar al goce, la satisfacción generalizada de los instintos, y eventualmente la felicidad. ¿La felicidad se vive o se construye? La felicidad se vive, pero es la construcción que realizamos a través de la realidad lo que nos permite alcanzar la felicidad en el contexto que prevalece. La felicidad viene del interior, pero es la retroalimentación de ambos universos, el interior y el exterior, distintos por definición, la que hacen posible la felicidad. La única razón para la existencia de tantos y tan distintos referentes es la felicidad. En efecto, el sentido de la vida no reside en su causa primigenia, en el funcionamiento del motor que impulsa a la voluntad, ni en el cálculo preciso de las circunstancias, reside en la felicidad que es tan azarosa como voluntariosa, es la esencia pura de la vida.

El interior del ser, en el caso particular del ser humano, tiene que estar relacionado con la raíz de la vida, pero no es la raíz ni está en posibilidad de comprender realmente la naturaleza de esta aunque su vida provenga de la misma, porque se va a encontrar con que todo proviene del ciclo infinito del azar y la voluntad y la existencia que suprime todo a su paso para reservarse a sí misma. Si nuestra capacidad de comprensión estuviera por encima de estas posibilidades, sería posible entonces admitir que tiene sentido comprender la raíz de la existencia para llegar a la felicidad, pero a lo único a lo que nos enfrentamos  a través de este camino es a la imposibilidad de comprenderlo todo.

La otra metodología que nos conduciría a comprender la existencia desde su mecanismo más básico sería desintegrarla pieza por pieza y analizar cada fragmento, que es en parte lo que conlleva el pensar, pero para ello la única conclusión factible sería que al final no hay nada, que todo está vacío, que aún la entropía debe entenderse más que producto del calor, como algo que no se desarrolla en realidad sino en un espacio vasto, y que este a su vez sí que es terriblemente inconmensurable de vacío y ausencia de calor. Y entonces tendríamos las partes referenciadas de lo que la existencia conlleva, pero aun así no alcanzaríamos a comprender el origen  de todas las cosas, y eso no conduciría a la felicidad, sino al ostracismo, a la misantropía, a la verticalidad del pensamiento sin mayores dimensiones que las del aire.

Esto no implica descartar a la ciencia y sus esfuerzos por comprender los orígenes del universo, más allá de si llega a existir la capacidad tecnológica para hacer tal cosa. De hecho, es gracias a la metodología concreta de la ciencia que hemos llegado a la creación y comprensión de muchos de los procesos aquí descritos, si bien se ha hecho desde una visión mecanicista. Pero el mecanicismo no es gratuito, se ha requerido de lógica e ingenio para la creación de la máquina como herramienta de alta utilidad en la vida del ser humano. Sin embargo, sería errado pensar que es mediante la  ciencia que el ser humano alcanza la significación, pues esto sería a su vez afirmar que no hay significación posible en condiciones de escasez generalizada y crisis, lo cual está comprobado que es una falacia porque de lo contrario la especie humana y su voluntad habrían perecido.

Hay que distinguir entonces a la felicidad ya no como el sentido de la existencia, sino como su significación, su plenitud, la interpretación por la cual son válidos todos los caminos, todas las búsquedas, todo intento fallido de conquista. ¿Son el amor y la felicidad una misma cosa? Si, y no. Es sólo que son distintos los tipos de amor, y distintas las felicidades. Pero en las postrimerías de los unos se encuentran las otras sin duda alguna.

El abandono es un periodo de aprendizaje, la soledad el periodo de pruebas de este aprendizaje, pero es el encuentro de voluntades en lo que radica que las cosas existan, y por lo tanto que la felicidad se vaya tejiendo, entrelazando como se entrelazan los hilos. Son hilos de existencia las vidas de cada ser humano.
Para que la vida nos muestre sus facetas de manera más clara, hay que aprender a degustar, y no es cosa sencilla, ha conllevado siglo y vidas enteras la degustación de las cosas. Pero la degustación es instantánea, es algo que apenas dura unos segundos, y que después apenas y queda en el recuerdo, se va quedando dormido en los brazos de esa misma soledad que conllevo a la búsqueda de esos sabores.

Vivir es azaroso, pero lo que se va creando a través del vivir no es enteramente producto de la casualidad, requiere años de imperioso esfuerzo. Se puede creer que un individuo es un prodigio en algo, y en efecto, la percepción de cada individuo lo va haciendo más o menos apto que los otros para ciertas labores. Pero no es imperativo que alguien sea algo por simple capricho del azar, sería olvidarse de la voluntad que prevalece también de entre el cúmulo de circunstancias y experiencias que hacen del individuo lo que es. Pero he aquí lo que a juicio de nuestra percepción es la injusticia y porque por definición la vida es injusta.

Un problema sustancial del papel de la injustica en la vida es precisamente la idea de que nacer es un dolor que la vida compensa. Si por principio nos es inculcado esto, y luego en oposición nos encontramos con que nos es cierto, el juicio de las cosas tenderá a ser netamente pesimista. Pesimismo no es igual a objetividad, pero se acercan mucho.

El ideal del final feliz se cruza en el camino. Es la seducción más siniestra, pues no sólo es una malinterpretación de los términos, sino la perversión de los mismos. El final de las cosas es por principio insatisfactorio, carente, por lo tanto no puede haber un final y que este sea feliz, el final de la vida pone en perspectiva esto más que ninguna otra cosa, pues es lo más amargo, es la bilis lo que se desata al ser suprimido.

Lo que poseemos por lo tanto es la imagen mental de lo que es la felicidad, un referente que se va desgastando al verlo como un fin lejano. Pero no es un fin lejano, es un proceso que ocurre a través de la eventualidad, volitiva y afortunada. Y lo que vemos como injusto lo es pero no en la medida en lo que creemos, sólo es más o menos injusto, porque eso sí, la muerte es la única que compensa en ese sentido. La justicia no puede ser entonces como la comprensión del crimen y del castigo, un reino donde nada se compensa en realidad, donde lo único que se aproxima es la venganza, que el cerebro interpreta como placentera y hasta cercana a la felicidad. La felicidad no es democrática, ni es justa, pero tampoco es perpetua, no existe en términos formales el final feliz que se idealiza tanto en nuestros días.

Finalmente se encuentra lo perdido, pero ya no del mismo modo en que fue. La vida queda como una anécdota, y a veces ni siquiera como eso. La mayoría de las vidas y los pensamientos y los sentimientos son eventualidades, y tienden a quedar en el olvido. He aquí una vez más el desglose de las características particulares de cada cosa, es invariablemente triste.

Es la injusticia lo que nos saca de nuestras casillas, lo que nos paraliza o nos conmina a mirar a otro lado. Es la voluntad tumbada por los juegos más crueles del azar. Es el fin de todas las cosas, cuando por fin el individuo es incapaz de levantarse porque la voluntad se ha agotado, es la anomia que invade cada fibra, cada rincón. Es el opuesto a la felicidad, es todo lo que no se puede nombrar porque evocar su recuerdo sólo causa dolor. ¿De veras la vida compensa el nacer?, ¿es justo salir herido? Justo no, necesario, tal vez, pero hasta en ese sentido de veras ignoramos que tanto vale la pena vivir. Cuando esto sucede quedan los vicios, que evocan a la satisfacción, que evocan a la felicidad y también al perverso final feliz.

Al llegar a este punto no hay marcha atrás, se ha comenzado un camino de tormentos, de lágrimas, de días abúlicos, caóticos, de noches sin dormir, una búsqueda que raya en lo estúpido, en lo insensato, en lo desgarrador. Y al final no queda nada, el calor de la vida se extingue en el pecho. El mundo sigue igual pero no queda nada en él.

La voluntad se arrastra entre todas estas trampas de la interpretación, precisamente porque el horizonte es demasiado vasto. La jungla, el bosque, el desierto, son todos parte de los horizontes, y con ellos se compactan también el día y la noche. Y, ¿en medio de todo eso?, la existencia a perpetuidad, la muerte sin fin, la vida que corretea cada chance, y todos los vientos del planeta. Se navega con referencia al horizonte, pero también de acuerdo al viento. Si, la voluntad se arrastra, y al arrastrarse no se sabe cuan herida y mermada puede salir, se hace un camino distinto según se arrastre uno, y por lo tanto, no siempre satisfactorio.

El papel del odio se ha desestimado, pero resulta ser una fuerza que alimenta a la voluntad en medio del abandono. Es en este punto en el que todo es válido, pues si la existencia destruye para permanecer, el hombre ha de hacer lo mismo. Pero el hombre, como partícula de la existencia, deberá entender el papel de ese odio como algo igualmente espacio-temporal, un medio para romper con la infelicidad, como el amor lo es para llevarnos a la felicidad hasta tal vez también romper con ella. Ciertamente es más cómodo vivir desde el odio, porque se lo puede encontrar a ras de tierra, mientras la felicidad es en efecto más cercana a lo sublime, pero también se puede estar en la cima del mundo y seguir odiando. El odio bien puede ser como el agua que golpea con fuerza hasta que destapa lo que está obstruido, pero hay que permitir que lo haga con toda su fuerza, ceder para que lo logre, pues si no se cede el odio se estanca, se hace pequeño y nos deja tirados donde de por sí estábamos, hasta morir en su fango. Que el odio haga el trabajo sucio, pero que no nos deje en la suciedad, ese debiera ser probablemente su objetivo y razón de ser. Pero si existe la felicidad como trampa, el odio lo es más, no forzosamente porque sean de naturalezas opuestas, sino porque a final de cuentas ambos son lugares peculiares de la existencia. En conclusión a este respecto, el odio es una herramienta muy útil, que cada individuo debe aprender a usar como medio para desahogar con la mayor desenvoltura la inseguridad que lleva consigo caer en la vida, el manejo de las emociones, el rechazo, la negación, la indignación, todo aquello que forma parte de las crisis, pequeñas o grandes, en la vida del hombre.

La inseguridad que lleva consigo muchísimas veces el vivir se aligera a través de las ilusiones. Esto es riesgoso, pues implica que ante la falta de una solución tangible a las cosas que más nos afectan, se nos hace necesario refugiarnos en lo inexistente, en lo que la imaginación puede construir a través de las imágenes mentales de lo que la voluntad se encuentra en incapacidad de resolver ser porque no es lo suficientemente fuerte, o por circunstancias que no dejan opción alguna. Las soluciones que ofrecen las ilusiones son por lo tanto en función no solo de lo que se desea, sino en muchos casos de las necesidades más urgentes e irrealizables. Por ejemplo, un individuo, atrapado entre escombros, que está a punto de morir ante circunstancias inimaginablemente dolorosas, que otros individuos han visto, que saben que está en agonía y no puede ser rescatado por más que lo intenten,  forzosamente  requiere de la ilusión de que todo puede ser salvado de alguna manera, aunque en términos de la realidad se sobreentienda que todo está perdido en todos sentidos.

He aquí un tercer elemento, cruel por su naturaleza condenatoria, la aceptación de la vida humana como un proceso destinado más al dolor y la agonía que al gozo, en medio de inimaginables tragedias que acontecen tan a menudo que contarlas todas sería motivo de anomia para cada individuo que sea plenamente consciente. Y sin embargo, hay individuos que viven en otros horizontes, a otras alturas, a los que les es otorgado sin sentido alguno el privilegio de llenar de forma más concreta el dolor que provoca el nacer, a quienes les llega la vida como una compensación del dolor, más que como dolor en sí. He aquí el hecho más descriptivo de la naturaleza de la vida.

3. El punto de quiebre entre ser o no ser radica no sólo en comprender que la vida es invariablemente injusta en lo que se refiere a la satisfacción de los sentidos, sino también en la belleza que inspira otras tantas veces el mundo en oposición a aquello que no nos es compensado. Por lo tanto, las ilusiones son válidas en cuanto provienen no solo de la insatisfacción, sino también de la belleza intrínseca del mundo.

Podríamos entregar las armas de nuestra voluntad y dejarnos caer suavemente en los brazos del destino, algo que eventualmente tenemos que hacer sin duda. Pero entregar las armas cuando sólo están perdidas una parte de las cosas que hacían bella a la vida de un individuo, parece hasta cierto punto una injusticia del hombre para con los placeres que en su momento le fueron otorgados, por pequeños que estos hayan sido. Se nos presenta una nueva significación de la existencia, que ya no tiene nada que ver con la felicidad, o al menos no con la felicidad de aquel que satisface todos sus sentidos, sino la felicidad de aquel que significa todos sus sin sentidos en medio de los pequeños placeres que también otorga la vida. Una vez más, si hablamos de la felicidad como algo espacio-temporal, es posible hablar de micro-felicidades. En medio de la miseria a veces hay gozo, en medio de la injusticia a veces hay compensación. Esto no es ilusorio, pero se requiere de una sensibilidad un tanto más sutil para llegar a este punto.

Y es que no se explica de otro modo la subsistencia de las voluntades más pequeñas, las más desfavorecidas, o las más mermadas por las inclemencias. Hay aún más crueldad en este análisis, pues vemos como también en términos de voluntad hay carencias fuertes en la existencia del hombre, que se justifican por la permanencia delo que existe.

Pero el hombre confunde las voluntades pequeñas con las voluntades miserables y mezquinas. Una voluntad miserable puede venir del individuo más desfavorecido de medios o del más satisfecho en apariencia, y en caso de crisis generalizada y apocalíptica es esta clase de individuo el que persistirá por los medios que vaya encontrando, sin importar a quién deja tirado en el camino. Tampoco hay que confundir esta voluntad con la de aquel que busca sobrevivir, pues en condiciones normales este no es mezquino para con sus camaradas. Sin embargo, el individuo que se expresa desde la mezquindad no es otro sino aquel que en el fondo siempre es carente y decadente, cuya sensibilidad más que desarrollada esta atrofiada, pero cuyos mecanismos de voluntad son eficientes en la medida en la que sabe utilizar a las personas, es decir, percibir la potencia de las sensibilidades externas que no son carentes como la suya.

Este pareciera un paréntesis un tanto innecesario, pero no lo es, ya que es un ejemplo de cómo precisamente la significación es el mecanismo más poderoso de la voluntad, y de como por tanto el pensamiento puede jugar un papel fundamental en la felicidad del hombre ya no como mecanismo de lo ilusorio o lo imaginado, sino como componente coherente de ese todo que representa la felicidad, donde a su vez dentro de la significación están implicados los sentimientos en conjunto con los pensamientos, por lo que si los sentimientos no expresan un sincero y respetuoso amor por los detalles sutiles y bellos de la existencia, difícilmente podremos hablar de una voluntad con una potencialidad auténtica, esta será pues sino una voluntad mezquina en esencia.

Antes del pensamiento complejo, la vida era esto: un montón de sucesos sin sentido. Llegados a este, el descubrimiento del ser ha sido la nueva tarea, necia y contradictoria, que nos ha impuesto esta misma insensatez. Y he aquí el resultado de aquello que tanto hemos buscado, que cada individuo comprenda su propia naturaleza, así como aquella que lo rodea, y que en la medida de sus posibilidades construya su propia felicidad a través de la significación de su historia personal.

Esta conclusión es desgarradora por principio, ya que implica que la vivencia de la ingratitud, la injusticia, pero también de la belleza y la fortaleza, representen en su conjunto motivo para la felicidad, motivo para la continuación de la existencia. Esto implica la aceptación de dos hechos: uno que hay que intentar vivir lo más que se pueda y con la mayor intencionalidad posible, y dos que en ese intento se va a salir invariablemente herido, hasta que la muerte termine por colarse entre las heridas que no logren cicatrizar.

¿Y qué hay de la voluntad que se agota en la búsqueda de sí misma? Esto puede parecer absurdo, pero no es otra cosa sino la interpretación de la anomia en una existencia que en su intento por renovarse termina pereciendo ante el sin sentido que representa buscar lo que ya no existe. Es válido entonces dar por terminada la relación con todo, hasta con uno mismo. Se puede recrear el mundo a través de la ilusión sin duda, pero también es válido ante la flagrante evidencia de la realidad como algo inadmisible dar por terminadas las cosas.

Este no es un derecho que estemos en posibilidad de otorgar a los otros, ya que simboliza precisamente el sin sentido mismo del esfuerzo individual o colectivo al que estamos todos siempre expuestos, pero estamos en la obligación ética desde la condición humana de aceptar que dentro de las posibilidades de cada individuo esto no es sino una expresión igual de válida que las otras.

Igual de válido puede ser eliminar a la otredad. Pero este punto es particularmente delicado, porque eliminar a la otredad ha implicado en la historia humana el recuento de injusticias más cruentas posibles ejecutadas desde la voluntad más mezquina del hombre. Sin embargo, ese inevitable derramamiento de sangre en la historia humana muchas otras veces ha encontrado justificación, no solo desde el punto de vista del placer, sino una vez más, desde la necesidad, ante la falta de aceptación de otredades en un mismo espacio y su lucha por vencer.

Es así como la voluntad se extingue, entre el crimen o la anomia. Si es posible aceptar ambas realidades, morir no debiera ser tan penoso. Pero lo es precisamente porque en ambas situaciones la exposición al dolor es más fuerte que nunca. Hablamos otra vez de la resolución punzante de la existencia, de cómo la voluntad o contradice a las otras voluntades o se contradice a si misma con el fin de permanecer un periodo de tiempo un poco más largo en el mundo.

Una voluntad grande solo perecerá por azar. Una voluntad pequeña perecerá más que por el contexto previo establecido por ese azar, por la fragilidad de su existencia. Esto no ha de restarle belleza alguna, muy por el contrario, es por eso tal vez que subsista su recuerdo, por esa esencia única que la hacía no solo objeto de fragilidad sino también algo atesorable entre el gran sin sentido de la vida.

En medio del abandono de la voluntad, es posible recurrir a aquello que nos evoca placer. Esto ya no es terreno propiamente de lo ilusorio, o al menos no por completo. Es posible hablar de una idealización de lo pasado, pero puede ser más que eso, puede ser el esfuerzo desesperado por permanecer fiel a la vida como algo con significación, algo que vale la pena.

Las lágrimas pueden cambiar al mundo, una canción puede cambiar al mundo, una idea concebida desde el rincón más frío y solitario puede cambiar el modo en que ocurren y se entienden todas las cosas. De esas sensaciones puede surgir en oposición la idea que nos permita revolucionar todo desde nuestras ilusiones más grandes, hacer que el mundo sea en parte lo que nuestras ilusiones siempre nos han dicho que puede ser.

Regreso al tema de las ilusiones porque se complementa con el tema de lo perdido, con lo que aún se puede encontrar pese a las contrariedades del nacer en este mundo. Podemos rescatar al mundo de afuera evocando al interno. Pero se tiene que ser valiente, muy valiente, para llevar a cabo esta tarea, porque va de por medio lo que más amamos de entre los despojos que nos deja en las manos la existencia.

Lo que nos queda claro, aun instintivamente, es que no sufriríamos si no hubiera un buen motivo, una razón lo suficientemente válida para esto. Si es algo instintivo, que venimos arrastrando desde el principio de los tiempos, entonces no es necedad pensar en ello, no es necedad tratar de resolverlo, sino una obligación, el imperativo que cada individuo tiene en su existencia.

Todo lo aquí expresado es aparentemente contradictorio, pero tiene sentido en cuanto a que todo sistema viviente se sostiene a través de una serie de contrapesos. No se puede salvar nada en esta vida en cuanto todo está destinado a perecer, pero entonces hay que encontrar aquel motivo que nos rescate dentro de la vida misma, y no hemos todos de encontrar los mismos motivos, y habrá que entender además a aquel o aquellos que ya no encuentren motivo. Sin embargo, el caos nos arrastra a todos del mismo modo en que el viento arrastra las hojas secas del otoño. Las hojas se revolotean como si jugaran, no sospechan qué es aquello que ha de acabar con ellas, pero en el camino siguen jugueteando.

La soledad no es necesariamente una condena, pero lo que se expresa desde la soledad consiste en una especie de tortura, pues no es sino el desaforado intento por mostrar al mundo que hacen falta abrazos, hace falta cariño, hace falta amor en medio del desastre que implica el vivir. No se es más certero en soledad, pero los sentimientos afloran con más intensidad cuando se está sólo, porque es cuando el pensamiento trata de encontrar salidas originales a todo lo que está sin resolverse. Hablo de esto porque precisamente, como en la metáfora de las hojas, la soledad es invariable, flotamos solos hacia lo desconocido, aunque el viento nos arrastre como arrastra a las hojas unas con otras.

Por lo tanto, habría que hacer un esfuerzo constante por comprender a la otredad desde esta perspectiva. Partimos de un montón de juicios de valor para tomar decisiones, y es visible que estos juicios de valor forman parte tanto de lo ilusorio como de la estética misma, pero también del prejuicio, de lo referenciado y sobre todo lo mal referenciado. Para hacer una distinción entre estas categorías, no hace falta tenerlas clasificadas. Basta con lo que la comunicación nos transmita. Pero una vez más, hace falta sensibilidad para llegar a este grado de comprensión, y la sensibilidad empieza desde lo que uno reconoce como propio no a través de la otredad sino en la intimidad más plena y absoluta, he aquí la cuestión de la soledad planteada desde su significación más ambiciosa.

Solo así nos otorgaríamos un sentido de justicia menos destructivo que la venganza y más eficiente que el mero azar. Pero hablar de esto no es más que una especulación, una utopía, y no hacen falta utopías, lo que hace falta es un contexto en el que esto sea tangible. La denuncia ha sido la única arma contra este problema, y las acciones tanto individuales como colectivas no alcanzan a resolverlo porque lo que domina en los corazones de los hombres es el miedo a reconocerse a sí mismos, pues esto dejaría al descubierto más carencias que logros.

Ha quedado claro que lo que por principio considerábamos necedad e ingratitud en este texto en realidad no lo es en la medida que nos hemos propuesto como especie una existencia más amena. El problema de esto radica más bien en que no alcanzamos a amarnos y amar lo suficiente como para proponer desde nuestra potencialidad soluciones prácticas. Lo que hay son referencias, y son en buena parte más dañinas que útiles, pero es porque su utilidad radica en la mezquindad del ser humano, no en su fuerza más esencialmente pura.
Estamos tan expuestos a la intemperie como lo estuvo el hombre de las cavernas, y parece que no nos queda muy claro. Y hasta eso, el hombre de las cavernas tenía más libertad en su caverna de la que el hombre tiene desde sus chozas, sus casas y sus palacios. Pero en nuestra insensibilidad nos hemos otorgado los unos a los otros el derecho de vigilar y juzgar al otro sólo a través de los prejuicios. Nunca hay por lo tanto un punto de reflexión en la historia de la humanidad, lo que gobierna al mundo es la voluntad mezquina, y en medio de todo eso, las voluntades, pequeñas o grandes, que tienen que luchar, apostando por que la belleza no se rinda ante el poder.

He aquí la voluntad y sus inconsecuencias. Es claro que la voluntad no es azarosa, pero por azar se convierte en esclava de sus propias conquistas, sean materiales, sean intangibles, sean incluso ficciones. No es de extrañar que sean las cucarachas las sobrevivientes de los dinosaurios. Aquellos que dicen que la voluntad del más fuerte prevalece, han torcido el significado de fuerza por el de aptitud, y el ser apto no implica permanencia, implica únicamente destreza para continuar de entre lo más atroz. Pero, ¿qué tanto se puede juzgar esto?, tal vez más de lo que imaginamos, porque bajo esta premisa hemos hecho del mundo algo insoportable para nosotros mismos en diversos momentos de la historia, y en esas incontables ocasiones en las que no disponíamos de otros medios recurrimos a la atrocidad, pues sobrevivir es una cosa aún más ingrata que el simple hecho de vivir.

¿Se puede seguir viviendo en un mundo juzgado de ese modo? La respuesta es personal, pero además es incierta. Queda sin resolver así la aportación real de la historia, pues ilustra por un lado la realidad pasada, pero solo para demostrar el paso de la humanidad como algo hecho a base de una estética nada gentil y muy injusta, como si hiciera falta injusticia en la existencia.

La belleza otorga en efecto plenitud, y los rasgos de la belleza que estén a nuestro alcance son los que darán sentido a nuestra existencia. Pero en esto radica también el problema de la injusticia, porque dentro del azar la belleza es su temática más versátil, con efectos como el purificar la existencia humana en un sentido positivo o de desgarrarla y descartarla del modo más atroz en el lado negativo. Estamos en búsqueda de una sociedad cuya belleza esté en disposición, esencialmente de ser ética si no democrática, pero he aquí el aspecto de la vileza humana que bien puede despojar a toda belleza de buena parte de los anhelos que es capaz de crear por sí sola a su paso.

Cada artista posee ciertos ideales, y sino ideales si ideas, que se llevan desde la abstracción a una especie de concreción, pero estos a su vez funcionan como maquetas de lo que éste realizará a lo largo de sus múltiples facetas como artista, y al final el artista lo que creará no son más que abstracciones, lo que implica un proceso dialéctico. Esto se debe en parte sin duda al contexto, las circunstancias entre las que crea. Pero además tiene que ver con todo lo que nunca termina por resolverse del todo, o que más tienen una definición distinta porque el paso del tiempo así lo requiere.

La belleza reflejada desde el arte tiene más elementos éticos que la belleza dada por la naturaleza del mundo, porque la voluntad que crea al arte proviene de los sentimientos, mientras la voluntad presente en los aspectos no humanos de la existencia es mucho más errática, tiene que ver con el movimiento en el universo.
La estética ética es la forma de contrarrestar los efectos del azar en el mundo, de una manera no muy eficiente, pero que al menos ha permitido que la vida humana históricamente sea soportable y le ha dado tal vez los únicos asideros firmes a la humanidad que nada tienen que ver con los efectos analgésicos de la ciencia o la religión.

Por eso es claro que no se puede dotar de moral a nada, es decir la moralidad no existe, porque lo mismo en el método científico como en la creación artística,  lo que rige es la acción, lo volitivo y como esto se desenvuelve, la medida en que sus efectos dotan de belleza a la existencia humana, ergo, son las decisiones circunstanciales más que el conjunto de prejuicios los que prevalecen en la acción individual como potencia creadora.

4. El prejuicio busca dotar de significación a lo incomprensible dentro de un esquema cerrado, esto es lo que conocemos como moral. Una vez más observamos lo circunstancial, en este caso lo circunstancial  atado a la cuestión social. Como hemos visto, es la voluntad mezquina la que más se presta a gobernar al mundo, y la moral se amolda a sus pretensiones en cuanto es simple.

El juicio de valor es algo intrínseco a la percepción cerebral en el entorno del ser humano, pues hemos dicho ya antes que el contexto está referenciado en parte para facilitar muchos de los procesos y tareas humanas. De aquí parte la sensibilidad de las voluntades mezquinas cuando de lo que se trata es de encuadrar en un esquema a la sociedad en la medida de las necesidades del ejercicio del poder. Una serie de juicios de valor relativamente primitivos, que atienden en mayor medida a la sensibilidad humana no desarrollada, y que además en el aspecto contemporáneo de la historia atienden a la sensibilidad de las masas, han llevado a la creación de la moral. La moral es peligrosa en la medida en la que no atiende a la pluralidad de lo sensible, y por el contrario es inquisitoria con la sensibilidad humana.

Lo que trastorna es para la sociedad en apariencia moral, pero en el fondo tiene que ver con la estética, de la que está dotado antes de todo el ser humano. Un peldaño abajo de la estética se encuentra la ética, que tiene que ver con el raciocinio, de aquello que podemos discernir y tomar en cuenta a la hora de actuar, y que nos proporciona la posibilidad de actuar de una forma equilibrada y proporcionada en sí. El resultado de esto es en esencia volitivo, pero siempre está en choque con el azar del contexto. Esto refleja que en un sentido estricto la moralidad es innecesaria para una sensibilidad lo suficientemente desarrollada y un raciocinio cuya comprensión es supra sistemática. Pero para que una sociedad en su conjunto llegue a esta misma conclusión, es necesario el reconocimiento del individuo hacia sí mismo, como testigo de su propia existencia.

Esto no es una tarea fácil por sí misma, y tampoco es probable que pueda ser democrática. Después de todo, es mediante la moralidad que se ha pervertido a la belleza, que se le ha llevado al punto de la obscenidad. Por desgracia, el arte puede ser objeto de la obscenidad también gracias a esta realización de lo moral.

Cuando referimos que hay voluntad en la existencia, hay que aclarar que esto no es más que un intento de interpretación. El universo no posee intrínsecamente la sensibilidad que otorgan las neuronas al ser humano, pero en este punto hace falta imaginación para dotar de sentido al movimiento, a la fuerzas que impulsan a cada movimiento de cada cosa, y que en el ser humano se hace metáfora y realidad a su vez, una realidad que no es otra sino la voluntad de hacer. Sería confuso decir que el universo posee el mismo sentido volitivo que el ser humano, porque la naturaleza de ambos es distinta, el primero como hemos visto es hasta cierto punto inasible y lo que se entiende sobre él es problema de la cosmología y sus términos que son muy concretos, mientras el segundo es por lo demás un tanto más comprensible debido a sus dimensiones asibles.

He aquí que la moral y el misticismo institucionalizado han hecho un buen tándem a la hora de encuadrar la existencia humana, convirtiendo en tabú el análisis de la brutalidad de la existencia humana misma, pero así mismo la potencialidad de su belleza, no sin hacer uso abusivo de ambas cosas. El mundo se puede interpretar, no encuadrar. Existen patrones en la existencia de las cosas, pero no un orden concreto, tan sólo hay que observar la orografía de la tierra para esclarecer este punto no como metáfora sino como algo plenamente tangible en el orden de la concreción.

La  lógica y la creatividad pueden y requieren de combinarse en reiteradas ocasiones, y la propensión a la una a la otra es igual de válida en la medida en la que ambas proporcionan soluciones a los detalles relevantes o hasta cierto punto insignificantes de la vida, pero que al final de cuentas nos llevan a cierto grado de placer. Estos no son sino elementos de la voluntad, en el sentido plenamente humano del término.

En este punto es necesario entrar en algo un tanto ignorado, y es precisamente en como lo ilusorio como refugio no es necesariamente un espacio placentero. Si bien nuestras ilusiones están ahí para compensar lo que en la realidad no es sino carencia, también es posible terminar en lo ilusorio como un intento fallido de la resolución de la misma realidad dentro de la ilusión, lo cual invariablemente conduce hacia la locura y probablemente a la anomia. Esto es inquietante, porque tanto la moralidad como lo ilusorio que no cumple su función llevan al individuo a la ejecución de una vida que se desarrolla carente a través de la inconsciencia.

Hay una esencia coercitiva en el ejercicio del poder, y es esta la que puede llevar a la plenitud o sometimiento del individuo a circunstancias que son eludibles por simple lógica o por efecto de la acción, a veces virulenta. He aquí lo que en reiteradas ocasiones ha sido motor de revoluciones enteras en la historia humana. Los cambios sociales reiterados de los últimos tiempos no son gratuitos, sino que son la evocación de este intento por desenmascarar aspectos que limitan la potencialidad humana. Desgraciadamente, incluso este punto ha sido utilizado para llevar a cabo un nuevo tipo de represión, encuadrada en el marco de una libertad carente.

Evocar el contexto actual es útil en la medida en la que hemos recalcado como la vida de cada ser humano es impactada por el mismo. El objeto de cada discusión en este sentido es humanista. No se puede ver de otro modo, aunque la pretensión humanista es reconociblemente utópica, como cualquier otro intento por comprender la realidad y adaptarla para su mejor comprensión, asimilación y goce. Sin embargo,  no corresponde a una obra validarse a sí misma, porque esto una vez más es un retorno a la obscenidad, pero lo que sí es importante es esclarecer tanto como se pueda los términos de cada cosa, y es ahí donde se encuentran las trampas de la voluntad.

Hasta aquí se ha tratado de dar un sentido de la proporción a lo cognoscible. Esto no es para nada novedoso como hemos recalcado. Pero dentro del caos, la mayor de las suertes es no dejar pasar aquello que pasa frente a nosotros. Hay que seguir apostando a cada instante, está es la mayor dificultad de la vida del hombre, porque cada paso es incertidumbre. He aquí la importancia del conjunto de las cosas que nos es dada a interpretar, lo que hace válido cualquier esfuerzo en este sentido.

Ahora bien, la felicidad sólo es producto del egoísmo. Es muy raro que la felicidad sea algo colectivo, por no decir que imposible, y si llega a serlo tiene que ser una felicidad efervescente, producto de un momento de crisis extrema. Pero la realidad es que la felicidad sólo pertenece al campo de la belleza. Lo que no se desarrolle en un contexto de belleza no es felicidad, es conformismo, es agotamiento, es la crisis perpetua.
Tal vez hay que aclarar con esto un punto más, y es que probablemente la realidad vista con suma objetividad sea motivo de anomia pura en sí misma. A cada rastro de optimismo se le sobrepone uno de tragedia, y todo intento por evadir el resultado de esta ecuación es perturbadoramente represor, está en busca de una sublimidad que en realidad es decadente porque es producto de una realidad que jamás ha interesado a la sociedad en toda la historia.

Pero recurrir a la historia es también un engaño, porque no hay forma de borrar el rastro de lo ocurrido, que no sólo es terriblemente violento y doloroso, sino que confirma en gran medida la tesis que se va desenvolviendo en este mismo sentido.

Entonces, el sentido mismo, unívoco, humanista, encuentra una tarea casi imposible, tratar de compensar lo incompensable. La voluntad oculta en sí misma una capacidad de destrucción casi infinita. En el mismo punto está la resiliencia, la capacidad de rehacer lo desecho, acaso de los retazos que fue lo anteriormente conocido. En este punto es posible afirmar que no hay resiliencia total en la capacidad humana, lo que existe es la negación, la posibilidad de ignorar lo irresoluto, lo amordazador, el daño infligido a través de siglos, milenios de existencia humana.
Y he aquí lo que puede amenazar cualquier esfuerzo, la truncada sensibilidad del ser humano, contra una racionalidad que tampoco funciona. Si la belleza venía en un principio a salvar, en realidad termina siendo condenatoria. No hay otro modo de comprender al mundo más que bajo este razonamiento. Así, todo lo que estaba como referente, lo que en teoría estaba a disposición del ser humano para construir un espacio en el que la especie pueda desarrollarse en un sentido de amor y respeto, se convirtió en la barbarie, en la híper-referencia de rasgos aleatorios y que sirven únicamente a la saciedad de los que ejercen el poder de las formas más escandalosas, en una híper-referencia en la que la realidad es irrelevante.

Todo se ha de justificar en ese sentido, lo que nos cause escándalo, o un placer morboso, lo que satisfaga el ideal del imaginario colectivo, es lo que en adelante estará realmente en posibilidad de satisfacerse hasta el hartazgo, por el tiempo que dure el efecto de lo que hace de sí mismo algo estridente, y en el campo concreto en el que sea clasificado. Cualquier otro intento está condenado al fracaso en un contexto como el que hemos construido los seres humanos en este punto. No sólo estamos apuntando hacia el fin de la historia, sino que estamos viendo el fin de la historia como algo decadente en sí mismo. Aún si la historia fuese cíclica, retornamos a la construcción de un mundo con dificultades a cuestas. Lo que hayamos de construir está condenado por lo que quedó, y hacer reverencia de esto mismo en realidad no es sino síntoma de lo que no se puede superar, de lo que queda marcado.

Y he aquí que el efecto de ignorar es muchísimo más útil para una humanidad que se quedó sin asideros desde hace mucho. En este punto de la historia, la humanidad vive hacinada, acorralada, y casi por completo hundida. Todo lo bello comenzó a desgastarse de forma más intensa entre más fácil fue el acceso a su belleza a una exposición estridente y morbosa. Y lo que quedo fue el intento desesperado por reproducir la belleza, por transmitirla, pero esta vez con vaguedad, con muy poco respeto ya no digamos sólo de la forma, sino a la significación de la belleza y a la vida misma.

Palabras sobran para describir lo ocurrido, pero hacen falta soluciones. Lo que se puede proponer, lo que se puede modificar, no es más que la formalidad, pero todos los constructos sociales se han apoderado de forma tan brutal de lo que en algún momento pudo tener un valor auténtico, que el desgaste de las soluciones mismas es evidente, tanto como el desgaste de las palabras.

Queda la súplica, pero entonces la dignidad se esfuma. Queda la dignidad, pero resulta que preservarla es una tarea imposible. Ignorar, como síntoma de lo que es pero es mejor desconocer. Queda decir que la culpa es de la fatalidad, pero eso no es sino el primer paso para ignorar todo lo demás.

¿Somos entonces una especie fallida? Sería un error emitir un juicio en este sentido, porque habría que preguntarse con respecto a qué. Si es con respecto a nuestras capacidades físicas, hemos sido rebasados por prácticamente todas las especies. Si es el intelecto, esto es apenas un engaño, porque lo que domina en este mundo no es el intelecto, es la voluntad y el sometimiento de la misma.

El amor, tal cual, se ha convertido en una cuestión vulgar. Se convirtió en un objeto más del comercio, algo que comprar y que vender a la vuelta de la esquina. Es la condena de una estética que paso de ofrecernos la cima de lo auténticamente sublime a llevarnos de la mano hacia la reclusión de lo que ya no nos es permitido ni siquiera interpretar, porque está trastocado.

El agotamiento del mundo es más visible que nunca, y nunca antes se ignoró más la crisis del ser humano, porque todo consiste en reafirmar la felicidad como una época, la puerilidad como el estado del ser, en fin, el mundo de la inconsistencia como lo único que vale la pena. Pero, ¿se puede declarar todo esto como falso?, ¿en qué medida es falso cuando es lo único que parece haber quedado?, y lo más terrible de todo, ¿por qué pese a todos los esfuerzos a contracorriente, el mundo terminó de ésta forma?

Es claro que las utopías se estrellaron con una realidad mucho más despiadada de lo que sus ideólogos creyeron en un principio, lo que causa extrañeza es que casi nadie hubiese advertido que la belleza terminaría condenando a la humanidad de una forma tan vacua, con tanto desdén por el sentir del ser en su sentido más profundo y honesto.

Lo que queda es la felicidad definida como la posibilidad de saciar todos los apetitos sin restricciones, y eso es algo que en el contexto actual sólo es posible para un puñado de seres humanos, que por azar más que por voluntad, tienen acceso a esta felicidad. El resto de la humanidad es, para fines prácticos, daño colateral.
He aquí que la voracidad sea el motor móvil de nuestras sociedades. Ya no se trata de la resistencia estoica, ni de la belleza en proporción con el conjunto de la realidad que no es necesariamente bella todo el tiempo, se trata de la compulsión neurótica de poseer a cada instante en las manos la felicidad de la orgía controlada  y una cornucopia de plástico. Vemos un nuevo sentido de la vida, que lo toca todo y es capaz de descartarlo con el más absoluto desdén.

Contra esa lógica no se puede hacer nada. Es la misma máquina asesina que condenó a millones en los últimos tiempos, es el mismo genocidio sólo que disfrazado de una fiesta infantil. Felicidades truncadas por un ideal neurótico de la felicidad que se lo ha devorado todo, aún peor que el tiempo mismo. El tiempo viene sobrando, sus efectos desgastantes ya por todos conocidos son lo de menos, lo que queda es encontrar la forma de descartar al otro.

El mérito es alcanzable ahora sólo por cuestiones de azar, pero tiene que ser un azar sólo en relación con la parte más recelosa y básica de la voluntad, que es la puerilidad, la escena del niño que patalea porque el mundo no le satisface, pues hasta que el mundo satisfaga al niño todo podrá funcionar. Y a veces el niño tiene que patalear por años, pero es irrelevante, mientras sea la mentalidad pueril lo que permanezca en este, entonces todo es válido sistémicamente.

La burocracia ha triunfado por encima del sentido común. Decir esto no es una coincidencia, tiene que ver ya no con que toda la sociedad sea pueril, sino es necesario hacer creer a cada individuo que es tal, y que si no se ocupa de hacer exactamente lo que se le dice entonces no habrá satisfacción.

Fue a través de la voluntad que triunfo la decadencia. En adelante, la inconsecuencia es lo único que podrá conocer el individuo. El mérito podrá ser manipulable, pero esto sólo será en función de lo que la ciencia nos permita obtener en ese sentido, lo que la estética dictaminada como antes se dictaba la moral ha de ofrecernos.

Lo que este fuera de esto no será visto sino como una nostalgia, una monstruosa presunción tratando encontrar significación en donde ya no hay nada. Es así como la dignidad se entrampó entre las necedades más iracundas de la voluntad, una voluntad que se nos convirtió en rabia, en desprecio, que tal vez nos ha estancado en el odio de una vez por todas.

Lo que quede por rescatar, se ha de rescatar a sí mismo, tanto como pueda. Y esto no nos deja más alternativa que ver como todo se va diluyendo, se va yendo, se va muriendo sin que se pueda salvar. Aquel que sea demasiado idealista, se aventurará a rescatar todo lo que pueda, y ese será su fin, poético para unos, absurdo para los otros, pero siempre trágico.

El mundo sigue igual que siempre tal vez, pero ahora no queda nada en él. Y todo gracias a la moral, cuyo debate abrió fuego contra todo lo que aspiraba a ser sin más limitaciones que las del espacio y el tiempo. Ahora el espacio y del tiempo, realidades inherentes e intrínsecas a lo existente,  no son más que factores secundarios de un desgaste mucho más desgarrador.

Se ha establecido que la moral no existe, lo cual en un sentido estricto es verdad, pero es desde la voluntad de una sociedad, la actual, que se ha impuesto una moral muy concreta, la de la libertad de venderse al más alto precio posible. Lo demás es vanidad. La voluntad se entrampó a sí misma.


Resta decir, que ante la imposibilidad queda algo que de algún modo deja sentir al individuo la posibilidad de auto afirmarse, sea que se lo niegue o no el mundo. Pero esto es un decir, no hay manera de saber en qué medida es posible, porque los contextos varían aún dentro de la estandarización del contexto mismo. Es, pese a todo, bajo condiciones muy duras que esto es posible, se requiere del reforzamiento de la voluntad individual, cuyos medios muchas veces entrarán en contradicción consigo mismos. Hace falta convicción, convicción en un mundo que la niega por su naturaleza finita e imperfecta.