Y me confieso culpable, de mi existencia, de mi insistencia, de mi resistencia y de toda esa palabrería fútil para decir que te quiero. Te quiero por tu sonrisa, por tu mirada de miel, por tu rostro angelical y tus cabellos dorados; y claro, por tu alma cálida, lo que sea que eso signifique, por que toda tú eres tal cual en esencia como en presencia, que no son lo mismo pero suenan casi igual.
Yo, tan defectuoso, tan arrebatado, tan contradictorio, tan estúpido y tan poco original, no hago más que querer y entre todo lo que quiero quererte a ti más que a todo lo demás. ¿Qué si las cosas que me pasan son ingratas?, ingrata es toda la vida, pero al verte la ingratitud se me olvida, se me va, y es que al verte no hay necesidad de más decir, y no puede haber nada mejor en el mundo que eso.
Debiera callarme, pues yo no tengo derecho de réplica, yo soy, para mi desgracia, esclavo y peón en este juego absurdo. Que tu eres el mundo, la vida más allá de la vida, el universo, el todo, y en ti todo se resume y se redime, no hay nada más cierto. Y que triste es todo esto, que loco, una maravilla.
Nos separan muchos muros, aunque por hoy físicamente sólo uno y un simple par de puertas, pero eso sí, difíciles de franquear las dos. ¿Qué maldigo al viento por obligarme a vivir?, claro, la vida es una cosa espantosa, y más sabiendo que existes, y que en el fondo de todas las cosas no estás tú, sino una nada miserable, grosera, infame toda.
Pero bueno, con esto me despido, no se me vayan a ir los amigos y con ellos la botella de ajenjo, que de un trago ha de disipar todas mis memorias, incluso aquellas que me dicen que existo, y que además existo sin ti, ¿qué le vamos a hacer?
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